El santiaguinismo es entre otras cosas, la cara más visible del centralismo. Lo peor del éste es que es una actitud y como tal no se cambia con decretos ni cosas parecidas.  Los santiaguinos creen que  todo lo que pasa en esa ciudad es de interés nacional. Miran al «resto» del país con una aire de colonialismo indesmentible. Un canal de TV se hace llamar nacional, y no tiene nada de regional. La programación de la televisión es para la capital. Incendios y atropellos tienen cobertura siempre y cuando ocurra en la ciudad que fundara Pedro de Valdivia

Por ello no debe sorprender, Santiago define lo que es chileno a extremos casi surrealista. Es paisaje aquello que tiene árboles y riachuelos. El desierto no califica para paisaje. «Que bonita va» la tonada de los años 60, es más chilena que el «Cachimbo de Tarapacá». La idea de la belleza se define incluso bajo un pretendido canon chileno, que no es más que una imitación de los modelos anglosajones. Tarapacá, y el Norte Grande, no produce belleza acorde con ese molde. De allí que sin preguntarnos nos ponen como representante a una muchacha que apenas conoce nuestra realidad. María Jesús Matthei, inocente ella, se prestó para representarnos. Nada sabe de nuestros olores, sabores y menos de nuestras querellas contra el centralismo. ¿El Tatio está en San Pedro o en Huatacondo?

El santiaguinismo es una enfermedad que no tiene cura. A pesar del ambiente contaminado, se alivian con respirar cierto aire de superioridad respecto a la provincia. El antídoto de los iquiqueños contra el centralismo, lo constituye el izar, de vez en cuando,  banderas negras.  Bellas mujeres, las nuestras, arraigadas con sus apellidos desde fines del siglo XIX, pasearon su belleza por esas pasarelas naturales como el «camino», la plaza Prat o la calle Tarapacá. No las nombro, son muchas…

Publicado en La Estrella de Iquique, el 8 de octubre de 2013, página 21