En esta ciudad de los recuerdos, existieron una serie de medios de transportes. Los primeros están asociados a aquellos de tracción animal: carretas, coches Victoria y de pompas fúnebres, con cocheros como de la funeraria Guerra, vestido ad hoc para tan noble como triste misión. Burros, mulas, caballos tiraban esos carruajes. Era familiar ver una carreta cargada con catres y cocina. Alguien se estaba cambiando de casa. Estos animales dejaban sus huellas en la calle. Iquique olía a guano. Chiricaco dejó su impronta.

Luego aparecieron los Se Fleta. El Siete Macho transportaba arena y ripio. Todos o casi todos tenían nombres. Pero habían otros que eran accionados por hombres, por lo general triciclos que transportaban vino en damajuana. Se equivocan quienes creen que por tener tres ruedas era fácil de maniobrar. San Martín hacia arriba, el flaco Ar​i​as, lo dominaban como quien domina un excel. ​É​poca en que las bicicletas tenía​n​ patente y padrón. La mejor de marca Oxford, del mismo nombre de universidad que fabrica la vacuna contra el Covid19. Pero también existieron los turroneros, que de blanco de punta en punta, con su carros de igual color, se instalaban en lugares claves de la ciudad. En las escuelas y en el centro. Dicen que hubo dos turroneros de ojos claros, Sanderson y Fabres, primos entre ellos. Al caer la noche al frente del Genovés, aparecía un tren manicero, administrado por un señ​or de apellido Funes​​​ que aromatizaba la ciudad con ese perfume bohemio. No olvidemos al carro de dos ruedas del que vendía chupetes helados.

Por influencia del Puerto Libre de Arica, aparecieron “carros pastilleros” que vendían cuanto embeleco la niñez imaginaba. Chocolate como el Bambú (de allí el apodo al basquetbolista, Ortiz), Sublime, y un largo etcétera. Usaban lámparas Petromax no fáciles de encender.

Convivían todos esos transportes. Hay que adicionar las góndolas, las liebres y las Nissan, y los taxis cuyos choferes usaban gomina y una vez al año organizaban el paseo de los huerfanitos. Uno de ellos mi padrino Guillermo Flores. Iquique era una villa grande y hermosa y olía a maní tostao.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 26 de julio de 2020, página 11.