El fuego en sus múltiples expresiones se encargó, al menos en forma simbólica, de quemar los males del año que se fue. Un año que nos obligó a redefinir nuestros hábitos más arraigados. No hubo desfile de 21 de mayo, tampoco fiestas como La Tirana y San Lorenzo, los clubes deportivos, en compás de espera, los viejos pascueros debieron desplazarse en forma sigilosa por una ciudad que no se reconoce sin la ocupación masiva y festiva del espacio público.

En los años 60, celebrar el Año Nuevo tenía el encanto de lo local y de lo familiar. El barrio era el lugar consagrado para prender uno que otro cuete, estrellitas o petardo. Un almacenero nos proveía de esos artefactos. En cada esquina una fogata iluminaba esas noches en la que el alumbrado público, era más público que alumbrado. Las mamparas abiertas de par en par, dejaban pasar a todo aquel que quisiera hacerlo. El ponche o el vino con frutas era el brebaje de la bienvenida. La espera ansiosa para el pito de las 12. Y de allí los abrazos y murmuros. Y empezaba la fiesta. Bailables en sede sociales o en canchas, como la del Iquitados en Barros Arana al fondo o bien en la bomba de Los Zapadores, la Octava. Y en todo Iquique, la música tropical nos hacía creer que esta ciudad era la frontera sur del trópico. Algo de cierto hay.

Teníamos los más pequeños chipe libre. Era una noche abierta y generosa. No había hora de volver. Los monos eran quemados como quien sintetizara en ellos los males del año. Políticos, empresarios, entre otros, recibían el castigo del pueblo. Este año, el consenso es único. La muerte simbólica del virus de algo nos servirá. Hay que seguir en casa, reduciendo los contactos cara a cara, lavándonos las manos y ocultando nuestros rostros. La mascarilla fue el objeto de año.

El galeón español naufragó, pero la piragua sigue siendo de Guillermo Cubillos. En el primer día 2021, doña Juana Domínguez nos deja.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 3 de enero de 2021, página 11