El mal llamado transporte público de la ciudad tiene, como bien sabemos y sufrimos todos, sus bemoles y particularidades. No lo vamos a enumerar, faltarían páginas, pero el título con el que he bautizado esta columna es uno de ellos.
El tarifado que este gremio fija sin preguntar a nadie, menos a los usuarios, tiene sutilezas difícil de explicar. Han establecido fronteras en la ciudad para así señalar cambio en el valor de los pasajes. Una de ellas es la avenida Tadeo Haencke. Desde el centro hasta ese calle que lleva el nombre del naturalista alemán, el costo por movilizarse vale $ 450. A partir de esa frontera  sube a $ 480. Hasta ahí todo parece normal. Sin embargo, si usted se sube en la Universidad Arturo Prat y pide que lo lleven a cine que está en Séptimo Oriente (Héroes de la Concepción para los recién llegados a la ciudad), de seguro que le cobraran la última cantidad de pesos. Y es ahí donde uno quisiera tener a mano un diccionario y buscar la palabra criterio, y leer en voz alta lo que significa.
Los que algo saben de la conducta humana afirman que es bueno usar un poco de sentido común o de criterio. Algo que en estos tiempos hace mucha falta. Una mínima noción de aritmética señala que la distancia que media entre esas dos distancias es, incluso, menor a la que uno recorre cuando paga los $ 450, por ejemplo desde el descuidado centro de la ciudad hasta ese límite.  Es como cuando un alumno o alumna de la universidad obtiene un 3.95. Es obvio que es un 4.0.
La situación tiende a complicarse cuando el colectivero, a la hora señalada de dar el vuelto (es preciso enfatiza que esa hora es la que viene inmediatamente después de que uno ha cancelado el pasaje), tarda en entregarle las dos monedas de $10.  Al final y para evitarse un chascarro, uno termina pagando $ 500. Reclamar las dos monedas expone al pasajero a las penas del infierno. Estoy de acuerdo en que no todos los colectiveros tienen los defectos señalados. El problema es que siempre me encuentro con aquellos que he descrito en los párrafos anteriores. Para ser justo están los que al no tener las dos  monedas de vuelto,  optan por cobrar $450.
El manejo del ruido al interior de los autos es cosa seria. Tienen una manía los colectiveros por escuchar la radio a todo volumen, y sobre todo aquellos programas en la que los locutores opinan, suelto de cuerpo, de lo que se les antoja. Por cierto que el tal Rumpy arrasa con la sintonía. De los radio taxis ni hablar, el chicharreo de la radio que hace contacto con la central es francamente infernal.
Demás está decir que la primera imagen que se forma el turista de la ciudad es a través del transporte público. Y me temo que no es una buena impresión. Pero al parecer nada se puede hacer. En algunos aspectos nuestra querida ciudad se parece a las del lejano oeste, esos poblados donde la ley  no se respetaba. Y en la que triunfaba el más fuerte.
De vez en cuando surge un colectivero de antología. Aquel que se detiene a la primera, que saluda y que va donde uno va, que da el vuelto justo, maneja la radio a niveles sutiles, huele bien y sobre todo no impone temas de conversación.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 27 de enero de 2008