No

 

Los días que antecedieron al 5 de octubre de 1988, se reconstruyen en la memoria con lujos y detalles. El tiempo, los años, veinte en este caso, lo amplifican. Las jornadas de preparación de apoderados para el No, la educación cívica, la lucha para convencer a los que no creían que era posible derrotar con un grafito a una inmensa maquinaria que postulaba la perpetuidad, hablan de una mística que cada día parece imposible de repetir.  Conseguir locales para la preparación del plebiscito. Tardes de sábado y de domingo en escuelas que la Iglesia Católica prestaba. Distribución de cartillas. Y ojalá ser elegidos como vocal de mesa. En fin.

El día 5, un domingo diferente a todos los demás. Un domingo que cambió buena parte de la vida del país. Silencio y nerviosismo contenidos. Cada voto era la voz y la cara de lo que ya no estaban con nosotros. La raya vertical sobre la dos letras del No, era una esperanza por alcanzar la democracia.

Los apoderados del NO, eran la expresión visible de una sensibilidad que buscaba por los cauces del voto, superar los largos años del régimen militar. Era una apuesta. Y como toda apuesta era del todo o nada. El fantasma del fraude recorría el país. Era una posibilidad que se veía. Lo mismo podría suceder con el desconocimiento de los resultados.  El atardecer fue de ansiedad. Hubo que esperar para celebrar. Una semana tal vez. Hay un testimonio gráfico de todo aquello en Playa Brava. Un trabajo de Hernán Pereira y editado por el Centro de Investigación de la Realidad del Norte, Crear, que da cuenta de esos actos celebratorios. Un arco iris irrumpió casi por milagro.

Una de las consecuencias más evidentes de ese 5 de octubre es la creación de ese conglomerado que se llama Concertación. Más allá de sus yerros y desgaste, esta coalición inauguró un estilo de política basada en la unidad de partidos. Me gustaría creer que esta alianza es más importante que los partidos.

Los spots del No transmitidos por TV y la canción “La alegría ya viene” son parte de una estrategia publicitaria que giró en torno a esa idea elemental, pero que a veces olvidamos: la democracia es un bien que hay que cuidar, mejorar y profundizar. Hay muchos temas pendientes.

Lo del 5 de octubre fue una épica política. Sin sangre, pero con mucho sudor. Luego lo que todos sabemos. Pero hay que recordar a perpetuidad ese día y ese año. Aún puedo ver los entusiasmos  de esos tiempos. Muchos y muchas en sus casas retiradas de la políticas. “Somos los veteranos del 5 de octubre” se definen algunos. Hay orgullo por haber sido parte de ese épica. A esos y esas le debemos mucho por su valentía y por haber creído que era posible que con un lápiz de grafito cayera todo un sistema afirmado por la fuerza. Que queda mucho por hacer no cabe duda. No cabe duda tampoco que debemos poner en rojo, como feriado, ese día domingo, aunque sea en la memoria política.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 5 de octubre de 2008.