Cada vez el verano se nos hace más corto. Y no es por que la tierra gire más rápido, sino por el simple hecho de que los comerciantes, al finalizar enero, llenan sus tiendas con uniformes escolares. Jumperes, cotonas y corbatas en pleno verano, nos recuerdan que ya se acerca el mes de marzo. A esta altura el tercer mes del año parece ser el más traumático de todos. Febrero es el mes de transición en que nos movemos entre el agua del placer y de la obligación. Y para colmo tiene sólo 28 días. Salva a este mes el carnaval, no el oficial, sino aquel que El Morro y El Matadero luchan por mantenerlo bajo su autonomía. El otro, el oficial es copia y nada más. Copia que se va como el humo de la canción.

Pero al verano lo que es del verano. Miami se apoderó definitivamente de las arenas cavanchinas. Ir a la playa dejó de ser el ritual de antes. En el pasado,  ir a Castro Ramos o Saint Tropez,  significaba comulgar con  la naturaleza. Hoy ir a bañarse es meterse en una especie de mall, donde la bulla que emiten los parlantes, no nos dejan escuchar el ruido de las olas. La sociedad de consumo se nos mete hasta los poros. La bebida más famosa del mundo, las chiquillas más flacas del orbe y la música más estridente del universo, triangulan para aumentar el estrés. Para colmo ya no existe la balsa, el Dr. Olguín ha perdido otra referencia más de nuestro Ike-Ike.

Tendidos en la arena somos criaturas a expensas de las fuerzas del consumo. La parafernalia -sinónimo de este Iquique sound- invade nuestro cuerpo semi-desnudo.   Cavancha dejó de ser una playa salvaje. Ha sido civilizada por los bárbaros del mercado. Nos queda Playa Brava y las decenas de playas al sector sur que aún mantienen un aire de virginidad.

Hace tiempo, mucho tiempo que Cavancha dejó de pertenecernos. Falta poco para que nos cobren peaje. Una vez fue playa de camping. Cientos de carpas hechas con sacos harineros, soberbias y albas, se posaban sobre sus arenas. Entonces tener una carpa de esa que vendía Tonko Mitrovic era un lujo y un sueño. Carpas hechas con los sacos de la Alianza para el Progreso, fue lo único que agarramos de la “filantropía” de Kennedy, de John.

Por mucho tiempo el litoral nuestro simbolizó, en su ocupación las diferencias sociales y de clases de este Iquique tan nuestro como ajeno. De norte a sur, y por las mañanas la clase alta -si es que la había- y la media, se apoderaban de todo el sector. En las tardes, en el sector del Balneario, el pueblo, con sus perros, sin toallas ni quitasoles, con marcas de superman en el pecho -el tatuaje del pueblo-, con grandes cámaras, thermos y pan con palta,  invadían la playa. Familias de colores nativos, medios rubios de tanta sal marina se paseaban como “Pedro por su casa”. Entonces hasta olía diferente, la arena.  Era el aroma de los berlines que a eso de las cinco de la tarde abría hasta el apetito más hermético. Al norte, a la otra punta, la burguesía nativa y sus primos del sur, blancos y rubios, en tablas, con dos metros de toallas, bloqueadores factor 70, quitasoles “made in taiwan”, soñando con una foto para la vida social de una revista santiaguina. O para el reportaje de TV que nadie nunca ve, se apropia de este océano no tan pacífico a veces.  En fin, en la playa, cohabitan también esos dos Iquique distantes, el Iquique-Miami y el Iquique real, de carne y hueso.