Tanto la Aduana o mejor dicho la ex-Aduana como el Estadio Municipal, o mejor dicho el ex-Estadio Municipal, albergan  buena parte de nuestra memoria y expresan nuestra identidad cultural.

La Aduana nos habla de nuestro pasado peruano; quizás el edificio más antiguo de la ciudad y el único que con su majestuosidad recoge la memoria de cuando nos quejábamos del centralismo limeño.   Lugar de descanso de los héroes de la Esmeralda,  por mucho tiempo, albergó la burocracia estatal, pasando por un período de abandono. Hoy gran parte de su esplendor se ha recuperado. Los hermosos salones puesto en valor, hablan con esperanza de que contamos con un nuevo espacio para mostrar los que los inquietos creadores iquiqueños tanto necesitan: infraestructura. Uno no tiene más que agradecerle al Alcalde por esta puesta en valor.

No obstante, en lo que podemos llamar  frontera sur de esta ciudad, casi como el último edificio que nos hablaba de que hasta aquí no más llegaba Iquique, se yergue el Estadio Municipal. El que en los años 80 llegó a albergar a más de diez personas,  luce demacrado y con desertificación aguda en lo que al césped se refiere, donde los imbatibles “Dragones Celestes”, le daban sentido a las tardes de domingo, y de paso se conectaban con esa historia futbolística que nos hizo famosos.

Creado en los años 30, este recinto es el último depósito de la memoria de la “tierra de campeones”. Destruida la Casa del Deportista, el Estadio del Iquitados,  al igual como el Pabellón Victoria, el Garden Ring, el Velódromo,  o la cancha del Manuel Castro Ramos, el viejo estadio se alza como el único símbolo del campeonismo. Da vergüenza verlo en ese estado. Los años y el descuido sigue marcado el paso sobre sus gradas. Nada queda del recordatorio de  Raúl Mariotti, y menos aún de aquellas casetas de transmisión radial en la que  hombres como Yerko Elgueta llenaban de poesía las atajadas del “Mono” Sola o de Manuel Montecinos.

El contraste entre ambos edificios es evidente, aunque ambos son patrimonio de la ciudad. El primero está decretado, el segundo no. Sin embargo, es la memoria oral y colectiva la que le da ese carácter. En el viejo Estadio conviven nuestros triunfos y  nuestras derrotas.   

Por lo pronto, para cerrar la voluntad restauradora del Alcalde habría que pedirle que lo mismo que hizo con la Aduana lo haga con el Estadio. Imagino una ciudad deportiva con albergues y el museo que tanto queremos. Sería también un lugar turístico. Mano a la obra don Jorge.

 

Publicado en La Estrella de Iquique, el 19  de octubre de 2003