El agua en el Norte Grande tiene una historia equivalente a la del fuego. La búsqueda de agua dulce movilizó hombres y mujeres. Por el subsuelo corren ríos subterráneos que de repente afloraban. Le llamábamos “ojos de mar”. Y era un error. Los chinchorros sabían muy bien donde estaban. El último que alcanzamos a conocer fue el de la cantera, en la Jorge Inostrosa. De los cientos de edificios que se levantan en la ciudad, muchos de ellos, deben trabajar para controlar el agua que seguro viene de no se que napa.

John Thomas North hizo buena parte de su riqueza con el agua. Desde la segunda mitad del siglo XIX se transformó, pese a sr extranjero “en el único y gran aguador de Iquique”. Siempre el agua se nos escurrió por entre las manos.

Juntar el agua en tambores de aceite era la forma de utilizarla. No faltó el que la encementó y por lo mismo enfrió el vital elemento. Bañarse con un balde bien valía la pena. Caía con su pesada frialdad. Para carnaval se lanzaba en jarra y en otras en globos. Las bateas servían también para iguales propósitos.  Hasta que vino la nueva aducción y por fin tuvimos agua las 24 horas. Los recién llegados con la Zofri, armaron sus jardines y compraron mangueras. La minería empezó a consumir y a secar bofedales y lagunas. El paisaje andino comenzó a cambiar.

En la década de los 80, los de Lirima hicieron un video. Su nombre “Y es nuestra” y contaba de su lucha por el agua. Esa que hace posible la vida en la larga geografía de Tarapacá. Conviene verlo para ver como han cambiado las cosas. Y no para mejor.

Un personaje, morrino tal vez, se ganó el apodo de Aguita. Perdía la poca paciencia, al escuchar ese generoso apodo,  y en plena galería del cine local, repartía coscachos emulando a algún púgil local. El porqué de su apodo y de su reacción hay que buscarlo en la rica y productiva  leyenda urbana iquiqueña.

Publicado en La Estrella de Iquique el 24 de octubre de 2021, página 11