A pesar de las campañas por mostrar que nuestra ciudad es moderna y que ha progresado de un modo casi irreconocible, es evidente que mucho, mucho nos falta. Las vestimentas de la modernidad nos quedan grande.  La eficiencia y la racionalidad, la ética y la estética son partes integrante de ese discurso que nos domina desde el siglo XVIII.
El año pasado en este mismo mes vivimos la crisis de la basura que nos despertó de ese falso sueño que nos decía que habitamos en el Miami del cono sur. Hoy es el tema del agua que nos ha transportado de un paraguazo a esa ciudad de los años 60, en la que la privación y los cortes permanentes eran eso, permanentes.  El agua era entonces y sigue siendo un bien escaso.
Pero no hay que perder de vista lo siguiente. El agua y su distribución en la década de los 60 era de responsabilidad de Estado, al igual que la extracción de la basura. Ocurrida la revolución neoliberal de los años 80, la fiebre privatizadora no ha dejado de asolarnos, pese a, y con la venia de los gobiernos de la Concertación. Hoy el servicio del agua, su distribución y la calidad de la misma, depende de una empresa privada y con fines de lucro. 
La crisis del agua que hemos vivido y sufrido nos debe llevar a pensar en cómo un servicio vital como éste, se ha visto interrumpido con todas las consecuencias que ello implica. En otras palabras ¿cómo es posible que un recurso estratégico puede ser administrado por un ente que tiene como finalidad el lucro y en segundo o tercer lugar, el bien público? Negocios son negocios afirma uno de los mandamientos del credo neoliberal. Sobran los comentarios.
Estas interrogantes surgen cuando en esos días críticos, al vernos privados del agua, denostamos al maldito sistema que nos ha llevado a comprar la idea de que lo estatal es ineficiente por naturaleza.  Y que obviamente, los privados saben hacer mejor la cosas. La crisis de la basura el año pasado y la del agua en la actualidad nos demuestran lo contrario. La ineficiencia ronda en lo público y en lo privado. El fracaso del Transantiago tiene responsabilidades compartidas tanto del estado como de los privados.
Así como se afirma que con el fuego no se juega, algo similar habría que añadir con respecto al agua. Sólo los ciudadanos organizados serán capaces de presionar a quienes corresponda sobre el particular. Echo de menos, eso si,  las voces de nuestros parlamentarios (¿alguien recuerda a un senador del “me tinca”?) Afortunadamente y gracias a Tarapacá Televisión pudimos ver como el concejo municipal tomará cartas en el asunto. Del Core esperamos lo mismo. Los ciudadanos sin agua y con nuestras cuentas al día, como diría Condorito, el filósofo de Pelotillehue,  exigimos una explicación.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 13 de enero de 2008