La clásica distinción entre lo urbano y lo rural parece estar condenada al olvido. La distancia geográfica que hacía que esos polos tuvieran vida propia y hasta una cierta autonomía ya no es tal. Con la tecnología, las distancias se han reducido. El mundo globalizado ha acercado y hasta cierto sentido, ha pulverizado esas realidades aparentemente sin conexiones. En los años 50, ir de Iquique a Cariquima tomaba cuatro día a lomo de mula. Hoy en tan solo seis horas se está bajo la protección del cerro Huanapa.

La fuerte migración, producto de los procesos de desmantelamiento de la sociedad aymara, por parte del Estado, ha hecho que las ciudades como Arica, Iquique y Calama se hayan convertido en el destino de esos jóvenes que gracias a la Escuela Fiscal, encuentran o mejor dicho, creen encontrar en la urbe, su destino. La discriminación, los oficios mal pagados, las malas condiciones de sus viviendas, en la que viven, por lo general, de allegados, carencias de protección social, son entre otros, expresiones de lo mal que lo pasan en el “Miami” del norte grande.

Iquique es una ciudad con un indesmentible rostro aymara. El terminal agropecuario ubicado en el sector centro oriente, en la Avenida “Progreso” es un lugar donde los aymaras venden sus productos traídos de algunas chacras de Alto Hospicio. En el mercado municipal, varias carnicerías expenden carne de llamo. En la feria Persa, algunos sastres venidos de Cariquima, se ganan la vida confeccionando ternos y trajes a la medida. En Thompson con Amunátegui, decenas de peluquerías son atendidos por los hijos de la Pachamama. Una mujer aymara se desplaza por el centro de la ciudad vendiendo hojas de coca para el dolor de guata. En los años 60, la “india” Melania,  fue campeona en box femenino.

Los jóvenes por su lado, una vez salido del colegio, se dedican a la música y/o al fútbol. Bandas de bronces animan los bailes del sábado por la noche. El “Kirki Marka”, por ejemplo, acompaña a la Diablada en su despedida rumbo a La Tirana. Otros, en la Liga Andina, en Alto Hospicio, expresan a su pueblo en un equipo de fútbol. El Peñarol de Enquelga o Estrella Polar de Chijo, se simbolizan en los colores de sus camisetas. El sound, el invento musical de los jóvenes aymaras, en bandas emblemáticas como “American Sound” o “Tropical Sound” le dan a la noche andina e iquiqueña un sabor especial. “Haciendo el amor, haciendo el amor, toda la noche” o bien el “Borracho, borrachito” se convierten en himnos de una juventud que construye su propia identidad alejada tal vez de la protección de sus cerros tutelares.

Una larga serie de apellidos clásicamente andinos  como Mamani, Ticuna, Challapa habitan la ciudad y llenan los libros de clases de las escuelas, por lo general, municipalizadas. O en la iniciación de actividades en rubros tales como el comercio, restaurantes o posadas para atender a la población boliviana que viene a comprar a la Zofri.

Este rostro aymara de Iquique, de la mano de los dirigentes andinos, ya sean quechuas o aymaras, agrupados en centros de jóvenes o en organizaciones que luchan por la reetnificación, han mostrado el orgullo que sienten por su historia. Encuentros, seminarios que van desde la salud intercultural, pasando por la recuperación de las aguas y la posibilidad de volver a hablar la lengua de sus abuelos, le otorgan a esta ciudad, tan bullanguera, un aire especial.

Los pueblos en el altiplano lucen abandonados. Se llenan de gente y de música, cuando el santo patrono, o el floreo del ganado, los invitan a pasar la fiesta. En esos días, la comunidad aparece revitalizada. Pero cuando suena la cacharpaya, indicando el adiós,  vuelven a recobrar el silencio, el silencio de la inmensidad que cada día cuentan con menos hombres y menos mujeres para cultivar la quinoa y  cuidar el ganado.