El fuego hizo su trabajo. Y lo hizo en forma precisa. Arrasó con una casa que no sólo albergó al Barracuda, sino que a una familia con una larga historia en Iquique. Familia de bomberos, entre otros oficios, que vio como un incendio deja otro lunar en pleno centro de la ciudad.

La Taberna Barracuda ya se había instalado en el imaginario bohemio de esta ciudad que le cuesta acostarse temprano. Desde el año 1993, en plena democracia, abrió sus puertas para ampliar la estrecha oferta culinaria que para ese entonces había en la ciudad. Un territorio en que se presentaba una estética salitrera, comercial y que en sus paredes empapeladas con la prensa antigua uno se enteraba, por ejemplo, de una discusión que hubo en Chile, acerca de si el Tani Loayza era chileno o ecuatoriano. La historia que contaban esos periódicos nos remitían a la primera mitad del siglo XX y un poco más.

Ese artificio de empapelar las paredes,  era algo tan iquiqueño como escuchar el pito de las 12.00 o de las 6. La diferencia estaba que en nuestras casas le agregábamos otros papeles encima que luego eran pintados. Quien diseñó ese lugar merece nuestros respetos.

El Barracuda se inscribe en esa larga tradición bohemia que tiene esta ciudad. Sin querer hacer una historia de la misma, que tanta falta nos hace, se nos viene a la memoria el Nan King, un salón de baile, que según me cuenta el músico Waldo Pardo, tenía reservados y una pista de baile en la que jueces y matarifes compartían un buen mambo de Pérez Prado. Y era que no si el Negro Carmelo Dávila le ponía salsa al asunto. Estuvo en la calle Thompson. Era otra la ciudad, eran otras las querellas.

La Taberna devastada por el fuego, se inscribe en la modelo Zofri que recreó y cambió la forma de ocupar el tiempo libre. Algo que en la década de los 80, en forma lúcida los hermanos Gavilán habían entendido mejor que nadie. Lo demás es historia conocida. Muchos bohemios nuestros se habían alineados en torno a estos lugares. Los wagonistas y los barracudistas. Tuve la suerte de ser habitué de ambos.

Sin el Barracuda nos queda un espacio grande por llenar. Happy hours que ya no serán happy. “A la chilena o a la peruana” nos preguntaban, cada vez que se pedía un pisco sour, los hombres y mujeres que allí nos atendían. Y como sabemos que estas tierras son de larga data,  preferíamos uno del Rimac.

Los damnificados de las esquinas de Gorostiaga con Ramírez ya encontraron a través del Facebook la forma de solidarizarse con “Cayín”.  Es como un libro de condolencias. Esperamos eso si, un nuevo Barracuda.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 22 de marzo de 2009