Cada viernes por la noche en Amsterdam, una familia iquiqueña nos dio cobijo y comida. Morrinos ambos, hay que decirlo. Y con tres descendientes que eran de armas de tomar, sobre todo la menor. Teníamos ese ritual en la que se fraguaba la amistad a base de traer recuerdos de una ciudad, Iquique, que estaba lejana. Ellos exiliados, sufriendo la peor pena que un nativo de Ike-Ike le puedan dar: no dejarlo volver a la patria grande. Cada viernes, y sobre todo de esos largos meses tan helados como en La Tirana, por la noche, enhebramos sueños y ganas de volver.
Las canciones de Daniel Santos y de Les Luthiers, nos acompañaban. Las aventuras de Pejertus, un gallego portugués, nos ayudaban a matar la nostalgia. Ella, Bettina, tenía un mal genio, que lo compensaba con su inmenso corazón. Betinita, Michelangelo y la Irinita nos conquistaron a base de ingenio y de inocencia.
Hoy Renato, nos comunica que Bettina ha muerto. No en vano, la vida tiene azares. Desde hace tres noches que vengo escuchando a Daniel Santos, “Perdón” un bolero profundo, primo hermano de “Lágrimas negras”. Gracias por todo Bettina. Seguimos con el coro: “Ven, calma, mis angustias, con un poco de amor…”.