En unas vacaciones de verano, en Montevideo y con la compañía de mi hija, me abastecí de dos libros de igual tamaño. Ambos de más de 500 páginas. Uno, la historia de Peñarol y el otro de Roberto Bolaño, cuyo título cuatro números: 2666. Por razones obvias, empecé por el libro que narra la extraordinaria historia de los carboneros. Ahí supe, entre muchos otros, del negro Obdulio, de los Forlán y de Fernando Morena de triste recuerdo en Calama. Supe que la épica viste de amarillo con negro y que nada está perdido.

Luego agarré la mentada novela. Tenía todo o casi todo el tiempo del mundo. Fue una degustación lenta. Bolaño venía precedido de una gran obra y sobre todo del desafío de seguir viviendo, aún muerto.

Las lecturas, y el lector, por cierto no son neutras.

Entre paseo por la rambla que bordea el rio de la Plata y el puerto devoré sus páginas. Al medio de sus casi 500 páginas, la novela pareció terminar. Bolaño a través de uno de sus personajes, amante del boxeo, repasa a los mejores boxeadores chilenos. Nombra a cinco, cuatro son de Iquique; Loayza, el Tani, Godoy, Humberto, Rubén y Mario. Los últimos sobrinos de Estanislao. Todos ellos referentes mundiales sobre todo el nacido en el matadero y Godoy, los otros latinoamericanos. Portada y contraportada de revistas como “El Gráfico”, “Ring Side” y por supuesto “Estadio”.

Sonreí, y cerré el libro. La literatura ha sido aliada del boxeo. Julio Córtazar lo sabe muy bien. Meses después, caminando por Tarapacá al frente de lo que una vez estuvo la Casa del Deportista, me encuentro con Mario Loayza y le comento que su nombre aparece en la novela. Me mira, se encoge de hombros y agrega: «Salir en la portada de la revista Estadio, es suficiente para mi». Sonríe y me pregunta con la inocencia de ser sobrino del Tani y hermano de Humberto y Rubén y varias veces campeón de Chile: «¿Y quien es ese huevón del Bolaño?».

Publicado en La Estrella de Iquique el 23 de enero de 2022, página 11

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