La vida cotidiana está llena de objetos que han ido desapareciendo: la máquina de moler carne, la de escribir, el reloj despertador, entre tantos otros. El bombín, aun se mantiene vigente.

Buena parte de nuestra infancia dependió del bombín.  Era casi mágico y no siempre estaba a la mano. La bicicleta y la pelota dependía de ese instrumento que albergaba el aire que hacía posible que ambas rodaran. Las dos desinfladas era como ir al cine y la película, en lo mejor, se cortara.

El que tenía un bombín era un privilegiado. Era el objeto del deseo. Había de muchos tipos. De pie y más pequeños que se portaban en la bicicleta en la parte posterior. Los talleres de bicicletas, el más famoso, el de Moyita, tenía  aire comprimido. Un lujo. Una larga manguera y el aire penetraba y endurecía los neumáticos, las ruedas de la bicicleta saltaban sobre la tierra mojada o sobre el asfalto. Cabecear la pelota era casi para agarrarse un TEC.

El bombín casero tenía una tripa que se atornillaba al pituto. Los balones de básquetbol necesitaban una especie de aguja. Habían filántropos del bombín. Gente generosa que sabían de su importancia y de su necesidad. Lo tenían a mano. Y  siempre los prestaban,  y además, ellos mismos, con la habilidad que dan los años,  procedían a ejecutar ese acto modesto, pero vital.

Uno de  ellos, en el barrio Norte Hospital, Jaime Pol Munizaga, se le recuerda por ese gesto dadivoso. Decenas de cabros chicos, le tocaban la puerta. El bombín siempre a mano y sobre todo la sonrisa ancha, pero nunca ajena. Me imagino que en cada barrio había un personaje como ese ferroviario que sabía de la importancia del bombín.

“No te inflo” le decíamos a quienes queríamos ignorar. Alusión a ese objeto que era de color blanco o negro y que inflaba las esperanzas y las ganas de quienes nos desplazábamos por la cudad arriba de una bicicleta o bien detrás de una pelota.

Publicado en La Estrella de Iquique, el  11 de octubre de 2020, página 11