Los iquiqueños de antes usaban gomina y se bañaban con agua helada. Así de simple. Entonces dice la memoria, el agua era menos fría, casi tibia. Había también menos agua. En las  tardes como dice el clisé, el vital elemento, se ocultaba. Abríamos las llaves y sólo salía aire. A eso de las seis, volvía con cara escasamente cristalina. A principios del siglo que ya se fue, en algunas casas habían dos cañerías. Una era para el agua dulce  y la otra para la salada. Lo leí en el cuento “Todavía” de Carlos León.

Hoy hay agua todo el día, pero es cada más vez  fría (más cara también pero ese es un tema para otra crónica). Los iquiqueños nos ponemos paltó y chalequina, cuando en otros tiempos, en la crisis, por ejemplo, vestíamos en mangas de camisas. Conozco dos iquiqueños que aún andan como en esos tiempos. Juan Jacob y Patricio Zamorano.

Hoy es parte del mobiliario familiar contar con un calefón. Lo que antes era un lujo, o mejor dicho, una excentricidad, es ahora una necesidad. Los primeros calefón que conocí eran hechizos. En otras palabras, eran producto del ingenio y de los Ferrocarriles del Estado. Siendo hijo de ferroviario me tocó ver uno. Era una vieja bacinica (reciclar era ya una realidad, aunque la palabrita no se conociera), que se invertía, se le rociaba ron de quemar y las llamas hacían el resto. Si alguien tiene uno por ahí me gustaría verlo. Es buena  la idea de un amigo de hacer un museo de las cosas hechizas. Pienso por ejemplo, en las máquinas para hacer churros, o en la proyectora de cine que mi primo Lozán instaló en su casa. Se adelantó al TV cable.

Hay que recordar además que en los años del Iquique pre-Zofri, el baño (water decíamos entonces) quedada a sus buenos metros del dormitorio.  Había que cruzar el patio, sorteando patos y gallinas.  El modo más tradicional de ducharse, ante la imposibilidad del agua corriendo por las cañerías,  era baldearse.  Almacenadas en tinas forradas con cemento, mantenía al “vital elemento”, no voy a decir congelado, pero si lo suficientemente fría. Bañarse era ya una odisea, pero había que hacerle caso al dicho: “pobres, pero limpios”.

Hoy, ya lo dije, el calefón es parte importante del paisaje hogareño. Y tras su consumo masivo, aparecen los maestros. Un rubro que que cuenta con cientos de hombres que tienen la grata misión de instalarlos y arreglarlos. Su lugar de reunión parece ser la ferretería Las Dos Estrellas. Allí esperan con sus pesados bolsos (más pesado que maletín de gasfiter, dice el humor), repartiendo sus volantes, que requieran sus servicios.

Con este invierno de verdad, los anteriores eran de mentira, a los paltós y chalequinas, hay que agregar el agua caliente. Como dijo un furibundo iquiqueño a propósito de estos días helados: “Los afuerinos, trajeron hasta el frío”.

Publicado en La Estrella de Iquique, el  3 de agosto  de  2003