Un plano de Iquique puede ser lo suficientemente ilustrativo para observar esta ciudad. Los hay muchos. Una postal del Sernatur, sirve para mirar esa ciudad que los que administran  el turismo (que no siempre es, esa entidad gubernamental)  quieren destacar: playas, malls, etc.  Pero hay otras ciudades,  que conviven entre sí, que a veces se rozan y otras veces no. Poseen fronteras que se diluyen y en ocasiones,  luchan por mantenerse intactas.  Hay, en otras palabras, varios Iquique, profundos o aparentes, pero ciudades en definitiva (Las ciudades no sólo son edificios ni calles).

La mejor cartografía de Iquique es el  collage. En él convive  el Terminal Agropecuario y Falabella, desde el barrio  virtual de Collahuasi hasta la Quinta Monroy, desde los más modernos  pubs hasta el Dándalo, desde La Caldera del Sabor hasta la Quinta Tropical, desde el Palo de Rosa hasta el José Luis,   desde el Chiguanko hasta el McDonald’s, pasando por los cementerios 1 y 3 hasta el particular que ofrece  vista al mar, desde la cancha de golf en Playa Blanca hasta el estadio Hernán Villanueva,   cada uno con sus estéticas y éticas, cada cual con sus sociabilidades, cada cual con sus discursos y hegemonías. Pero no es sólo una secuencia espacial, es también temporal. La playa al mediodía es habitada por sujetos distintos a aquellos que la usan por la tarde.

De las relaciones  que se generan entre ellos, es posible hallar al Iquique profundo. Aquel que no se deja ver por la cartografía oficial.  Aquel que escapa a la mirada ilustrada, y que no se deja ver por la mirada popular.  Es la ciudad tatuada por aquellos jóvenes que firman una casa recién pintada, como queriendole dar su aprobación. Es la ciudad con los equipos de sonido apuntando hacia la calle y vomitando música axé. Son también los vehículos/discoteque que se apoderan de las calles con sonidos anglosajones, es el afilador de cuchillos que con su «zampoña» ofrece sus servicios. Es el carnaval navideño que mezcla lo andino con Santa Clauss.

Para entender a esta ciudad hay que practicar, según Jesús Martín-Barbero,  el oficio del cartógrafo. Dibujando a través de la mirada los archipiélagos que constituyen esta ciudad que está tan unida como el puerto con la Isla  Serrano (ex- para ser más precisos). Hay que ver como los hombres y mujeres al desplazarse de sus paisajes, ya sea hacia el trabajo o escuela, van dejando sus huellas, ya sea a bordo del colectivo, a pie, o bien en sus vehículos, sobre las vidrieras, las plazas, los mall, las farmacias (que son muchas), y en general, en todo aquello que sea posible  dejar señas. El centro comercial,  no es el mismo al mediodía que la  medionoche. Otros pueblan ese espacio y lo llenan con sus presencias, sus olores y sus frases hechas (“Dios te ama”, entre otras).

La ciudad se vive según la práctica social, aquella que está signada por la contradicción entre el ocio y el trabajo.  El bar, la cantina o el pub, es el lugar donde la sociabilidad se vive en forma proporcional al trabajo. La calle siempre es de doble vía, ya  que nos  lleva tanto  a la casa,  como que   nos transporta a la esquina.

 

Publicado en La Estrella de Iquique, el  19 de febrero de  2003