En este oficio de escribidor dominguero, y habitante de una ciudad,  por suerte, chica aún, los lectores y las lectoras me recomiendan temas a tratar. Los colectiveros son los más generosos en temas: desde la corrupción hasta la religión, pasando por la política y por el fútbol.  Sin contar por cierto los encuentros con ovnis, secretos y chismes de la sociedad local. En fin.  Un iquiqueño, me comentó del desaparecido Trauko y la construcción de una torre de departamentos.  Entablé  diálogo con él sobre el tema y derivamos en las casas de citas, así se le llamaba en los tiempos que aún no había Zofri. Y echamos  a volar los recuerdos. El primero que se nos vino encima fue el José Luis.

Hoy los moteles como el que fue el Trauko se cuentan por docenas. Los hay de todo tipo. Lo común es que todos huelen a desodorante ambiental. Intentan pasar inadvertidos pero igual los denuncia un aire de misterio y de culpa.  Se cuentan miles de anécdotas sobre estos lugares. Las hay graciosas y no tanto. Hombres o mujeres pillados en falta (en placer, sería más justo afirmar), coincidencias desastrosas, etc.

Iquique como ciudad festiva y jaranera, tuvo desde casi siempre este tipo de instalaciones. Rastrear  la existencia de ellas es casi un ejercicio  imposible.  Un dato curioso:  todos dicen saber de la existencia de ellas, pero nadie ha estado en sus aposentos. Eran lugares sobrios, por no decir humildes.  En el plano urbano, en la geografía del engaño, las parejas se denunciaban.  Con  pasos lentos se arrimaban a la puerta y golpeaban suavemente. Una señora, de tenida gris, abría la puerta y fingía no ver nada.

A partir de los años 80 se empiezan a masificar estos lugares.  Sus nombres llaman la atención pese a que intentan tener un bajo perfil. Se instalan en el sector sur. La presencia masiva de los automóviles hace más eficaz el desplazamiento.

Las casas de citas de ayer como los moteles de hoy, se hacen cargo de un mismo fenómeno: el amor prohibido. Tema que ha ocupado a literatos (poetas y novelistas) , alcanza en estos sitio su consumación. Satisfacen pues una necesidad. El lado B de estos  lugares son las crímenes pasionales, la violencia que es aliada de todo amor proscrito. En fin. Esto lugares además fueron siempre reemplazados por palabras fuertes. Se le decía volteadero o matadero. Otros sinónimos deben existir. Todo ello sin contar con el lenguaje de señas,  que suele describir, con gracia o sin ella,  este aspecto de la conducta humana.

El desaparecido Trauko, tuvo la gracias de ser el primero de la nueva oleada de casa de citas, llamados hoy moteles. Y por lo tanto, tiene su lugar ganado en el diccionario del pecado local. Hoy,  sobre sus ruinas y sus placeres se levanta un edificio de departamentos. Nada de raro, como reza la tradición iquiqueña, que en las noches penen. Y ya podemos sospechar que tipos de ruidos se sentirán.  Recuerdo haber leído en sus paredes amarillas, por la calle Pedro Prado, hoy Salvador Allende, un rayado de un grupo moralista: “No a los cacheros”. Era la época del Si y del No. Alguien debe haber tomado una foto de ese singular rayado.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 15 de agosto de 2010, página A- 12