BOLETA JUAN TAMBORINO

 

Tantas veces pasar por Tarapacá y no advertir que entre Vivar y Barros Arana, casi adosada al pasado reciente está la Casa Mickey. Habré pasado por allí cuarenta años quizás, una o dos veces, me detuve y compré el hilo que la madre/costurera necesitaba para confeccionar  el traje de fin de año, o bien para el 21. Porque hay que recordar que la gesta de Prat implicaba el gasto  de la ropa nueva, el pintado de la fachada de la casa y otros asuntos, como el vino y la carne.

Hay varios Iquique en vez de uno. En momentos especiales aparece como por arte de magia, esa ciudad o ese barrio oculto.  Es El Morro o el Matadero que en carnaval, concentran y expresan la parodia. Es la Plaza Arica que en La Tirana Chica olvida su pasado y presente y se alza en la fe. Es El Colorado que agradece a  San Pedro por la nutriente marina. Cuando Deportes Iquique ganaba, el Iquique Campeón aparecía orgulloso.  Hay también lugares invisibles que gracias al azar se nos vuelven diáfanos.

Entrar a la Casa Mickey es sortear -cosa nada fácil- los señuelos de la tarjeta de crédito de la tienda de la esquina donde alguna vez existió la Recova. El olor a cajas apilas ordenadamente le dan la atmósfera de un pequeño laboratorio alquimista, donde el plomo se hace oro, o mejor dicho, donde las hebras de lana se convierten en escarpines. Los miles de carretes de hilos de todos los colores ocultan el arcoiris que habitan en cada una de esas cajas.

Hay magia en la Casa Mickey y no es la magia de Disney. Es la magia de ese Iquique que se niega a morir. Acorralada por las tiendas grandes y por las schoperías (Iquique se está “calamizando”. Calamizar suena a calamidad que no es lo mismo. Pero, ambos fenómenos parecen darse la mano, en esta tierra que Darwin y el Che visitaron). Los hilos y sus madejas, las agujas y sus cajas, y los cientos de botones que viven en cajas de todos los tamaños,  parecen tener contados sus días.

Comprar ya lo sabemos es una experiencia en la que la conversación es vital. Y no es lo mismo hacerlo en Casa Mickey que en las tiendas grandes. Aquí el tiempo es el tiempo humano. La prisa no se conoce, pero la cordialidad si. Comprar allí es un ejercicio de la memoria. Es estar suspendido en el tiempo. Nada de raro que escuchemos  la voz de Raúl Rodríguez invitándonos  a su “Cita a las 13”.

Casa Mickey fue fundada el año 40 por un señor de apellido Cisternas. Cambió de dueño el año 1978 y según reza la boleta de compraventa es de  un señor Tamborino (cuyo apellido no pude ser más iquiqueño, tomando en cuenta el carácter cosmopolita del Puerto Mayor).

La fantasía de la casa Mickey, que no es la de Disney, insisto, es mejor, radica en las miles de cajas con botones, en las quinientas bolsas de mostacillas,  cientos de lanas de colores, decenas de agujas para máquinas Singer y de las otras con la cual se zurcían los calcetines con la ayuda de una ampolleta quemada. Ingrese a la Casa Mickey y viva la magia de  ese Iquique que ya no existe.

Publicado en La Estrella de Iquique, el  10 de agosto  de  2003