Iquique también podría ser definida como ciudad de miradores. Pero, lo será siempre y cuando la autoridad competente, invierta en la recuperación de los mismos. En el comienzo del 2001 tan lleno de deseos, pedir uno más, no constituye engaño.

La filosofía de los miradores radicó en que se conjugó como pocas veces es posible, la belleza con lo utilitario.  Según el Dr. Ramsés Aguirre autor del texto fotográfico ”Los Miradores de Iquique” publicado en septiembre de 1983, dice que “se construyeron para observar hacia el horizonte la llegada de buques, veleros y vapores que traían mercaderías para abastecer el puerto… “. Y agrega: “Cuando miraban al este, la vista se topaba con los cerros de la cordillera de la costa por los cuales descendía el tren de pasajeros y el convoy repleto de salitre; por último, tal vez fueron construidos para el solaz de sus dueños, que subirían a observar la ciudad, las puestas de sol, o tal vez, los incendios tan frecuentes y desastrosos hace 50 años”.

La estatura del mirador sobrepasaba la del promedio de las casas de dos pisos que en ese entonces habían en nuestra ciudad. Los incendios, las polillas y el desapego al patrimonio arquitectónico han hecho que muchos de ellos hayan desaparecidos. Sin embargo, el amor por nuestra historia ha hecho que algunas nuevas construcciones incorporen este elementos tan característico de nuestra identidad cultural. El edificio del American College, el Banco de Santiago, el terminal del Tur-Bus entre otros así lo han hecho. Al de   la Digeder, falta le hace una “manito de gato”.

Hay un hecho que hay que destacar. Se nos ha hecho visible un mirador que creíamos condenado a morir. Me refiero al de calle Ramírez entre Bulnes y Orella. La casa que lo albergaba ha sido restaurada. El Mirador pintado de blanco e iluminado. La noche iquiqueña parece haber recuperado algo de su encanto de puerto del salitre.

Este mirador precisamente sirvió de portada para el libro que comentamos, y que según mi amigo Ramsés “fue construido para este efecto -ver la llegada de buques, veleros y vapores- por su dueño el Sr Rossi, que poseía el vapor “Nilda”; éste hacía viajes entre Arica e Iquique trayendo productos del agro, muy escasos en nuestra  ciudad en ese entonces”.

La puesta en valor de este mirador, por manos privadas, y sin aspavientos merece reconocimientos y un estímulo por parte de las autoridades del rubro. Como bien escribe el poeta mayor Guillermo Ross-Murray en la publicación que comentamos: “Nadie los advierte/Nuestra desmemoria los empuja, desmorona/ Pero,  ellos atalayan -todavía- cualquier escarceo/ sobre el horizonte”.

Los Miradores de Iquique son nuestro disco duro. En ellos,  están depositadas todas nuestras miserias y grandezas, que son muchas. Su cuidado y su puesta en valor es una obligación histórica y ética. Los que quedan aún en pie, precisan de nuestras voluntades para otorgarle la dignidad que la memoria y la historia merecen.