Las crónicas y la literatura del siglo pasado insisten en catalogar al norte grande, y en especial a sus ciudades puertos como Iquique, Pisagua, Taltal y Antofagasta como cosmopolitas. Así lo dice Luis González Zenteno y Mario Bahamonde, entre otros.  Es la conclusión que se llega cada vez que se advierte la existencia de chinos, croatas, serbios, ingleses, italianos, españoles,  habitando en el puerto como en la pampa. 

La palabra cosmopolita se define como aquel sujeto que considera todos los lugares del mundo como patria suya. Visto así, resulta por lo menos curioso, que todos los extranjeros que llegaron por aquí, atraídos por la riqueza del salitre, se sintieran como en casa. Demás está decir que la ideología que anima al cosmopoliticismo no es más que el ideal de una sociedad moderna que quiere homogenizar a todos sus miembros.  De hecho la noción ciudadanos del mundo, se acerca más a un ideal de la uniformidad que a otra cosa.

Dificulto que los chinos se hayan sentido como en su casa. O que a los croatas le haya dado lo mismo vivir aquí que en su tierra natal. Por lo mismo se elabora la noción de multiculturalidad como la más apropiada para entender a nuestra ciudad.

Como su nombre lo indica la multiculturalidad alude a la diversidad, a la mezcla, al mestizaje.  Mas que un concepto es una metáfora para entender como el paisaje de la ciudad se llena de colores y olores diferentes.  La multiculturalidad para que se le reconozca como tal, implica una actitud política.  Y esta tiene una doble vertiente. Una es la que el Estado o la sociedad  reconozca que somos diferentes, y dos, que los grupos culturales se perciban a si mismo, como distintos. En época de globalización, de migraciones voluntarias o forzadas, la realidad del multiculturalismo se nos hace evidente.  Cada grupo se reconoce en sus tradiciones y las enarbola a los cuatros vientos; cada uno de ellos, reclama sus derechos. Y no sólo hablamos de etnias, hablamos de grupos como los gay, las lesbianas, el feminismo, los defensores de medio ambiente, etc.

Las calles de Iquique tienen un fuerte aroma a multiculturalidad.  Y eso nos viene de los tiempos del salitre. Andrés Sabella lo enuncia muy bien en sus crónicas. Ahora otras culturas buscan arraigo. Los musulmanes, construyen sus mezquitas para seguir reproduciendo su religión, Tal como lo hicieron los chinos en la calle Serrano.  La población afrodescendientes camina por nuestras veredas, antes de madera, y le dan un aire y colorido que en los años 60, Antonio Valdelomar, Alberto Realpe,  los dos negros de Iquique, le otorgaban.

Los desafíos del multiculturalismo, radican en nuestra capacidad de generar una sana y rica convivencia. Y eso implica profundizar la democracia, y sobre todo, enseñar desde la casa y la escuela, que el otro, el diferente, es un amigo que hay que conocer.

Publicado en La Estrella de Iquique, 27 de septiembre de 2009