Pasear por Iquique es  la forma más tradicional de tratar de dar con su intimidad. Sin embargo, para advertir los guiños y las señas que la ciudad emite, se precisa un ejercicio que vaya más allá del mero caminar por su calles y sus veredas.

Caminar es una forma más de estar en la ciudad. Caminar los días festivos o domingo por la tarde (“fomingo” dicen algunos amigos míos), es descubrir un Iquique que se mece en la  hamaca de esa costumbre que se llama siesta. Pero, la ciudad, no duerme. Duermen sus hombres y mujeres.  Las calles, las puertas y las ventanas siguen dando vida a través de sus múltiples actividades. Porque la ciudad es más que sus habitantes.

Mirar las ventanas de las casas, es caminar con el ojo despierto. Advertir en ella, en sus vidrios o cartones, como la gente instala mensajes. Desde el tradicional “Se dan viandas” hasta “se venden huevos”, hasta llegar al “Somos católicos” como queriendo decir,  a los otros grupos religiosos, no nos vengan a mover la fe, da cuenta de todo un lenguaje que habla por si mismo, prescindiendo de sus creadores.

Sin embargo, hay un tipo de aviso que siempre me ha llamado la atención. Es el que tiene que ver con la venta de artefactos.  Una cama (poco uso), un coche de guagua (impecable), un “frigidier” (como nuevo), una lavadora (sólo con dos lavados), un juego de comedor (frailero. por supuesto), una TV color con control remoto (por cambio de ciudad), una perra de raza (que se llama Floppy), etc. Abajo del precio, una palabra que encierra buena parte de nuestra mentalidad económica y cultural: “Conversable”.

La palabra se enmarca dentro de una economía mayor: la del regateo. Esa interacción que consiste en negociar un precio. Decir “Conversable” es afirmar que el precio que se quiere obtener se puede bajar. “Son cincuenta mil” dice el vendedor. “Pero, si me hace una oferta…”. Y ahí empieza toda una transacción sobre una mesa,  no de dinero (como dicen los economistas), sino cultural.

Es la mesa donde todo es posible, y en la que los anhelos, y los tira y afloja, pueden alcanzar su máximo esplendor. Regatear es jugar a los gallitos. Es el juego de la seducción. No hay que mostrar mucho interés. Hay que negociar con cierto aire de desinterés. Dicen que los aymaras son los reyes de este arte, otros afirman que es la mezcla con los españoles, los más atrevidos afirman que es herencia china. Las mujeres, dicen son las reinas de este arte mayor. Conozco una.  Da lo mismo, todo es mezcla, lo cierto es que el acto de conversar el precio, es una ceremonia más de nuestra sociabilidad. Vendo mis libros, conversable también.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 27 de abril del 2003