En la década de los 80, en las gradas del viejo Estadio Municipal, la barra en un especie de pasar lista a los congregados gritaba  ¿Cuántos somos? ¿Cúantos estamos? Un grito que en esa época era una especie de advertencia. Un tipo de alerta frente a los cambios demográficos que la ciudad venía sintiendo. Ya lo sabemos, desde esos años hasta ahora, la población ha crecido cuatro veces. De 60 mil a  240 mil. Por cierto que estos cambios se deben a las diversas migraciones que han tenido como lugar de llegada nuestra ciudad. Lo fue la Zofri y hoy el boom minero.

Existe el sentimiento en la ciudad de que cada vez hay menos iquiqueños. Los más atrevidos manejan estadísticas recogidas de la intuición y del olfateo más genuino. Mucho de cierto hay en ello.

El sábado 15 de agosto de este año, algo de ello se pudo comprobar. Ello a raíz del encuentro entre Municipal Iquique y la Universidad de Chile. Aparte del marcador y de los goles que Villalobos  nos hizo, a todos nos llamó la atención la cantidad de gente que constituía la barra del equipo de Santiago. Y lo que es peor aún, una barra más grande que la nuestra. Algunos pensarán que muchos de esos hinchas viajaron desde la capital siguiendo a su equipo. Pero no, eran iquiqueños que hinchaban por el cuadro azul capitalino.

Pero no hay de que sorprenderse. Enojarse si. Estamos asistiendo a la expresión deportiva de los cambios demográficos ocurridos en el terruño. La nueva población posee otras lealtades y se sienten identificados con una nueva insignia. Las lealtades de antaño, esas que se cultivaban en una sociedad pequeña y amistosa, han cedido su lugar a nuevas formas de identidad. Es la manifestación de una sociedad globalizada que se cría bajo la influencia de la televisión y de internet, y que se agrupa, no ya bajo una identidad de territorio, sino  global.

Ello implica que nuestra condición de local ya no es tan evidente ni servirá para marcar las diferencias, sobre todo con los equipos de Santiago, como Colo Colo y la Universidad de Chile. En los 80 el viejo Estadio Municipal (que vive el más oprobioso de las desatenciones), servía para concentrar a la iquiquiñez irreductible que aún se alimentaba de un pasado glorioso.  Una barra que cubría todo el estadio a lo largo y ancho. Entonces nuestras señas eran claras y evidentes. Hoy no lo es.  Lo mismo sucedía en la Casa del Deportista. En ambos recintos se reproducía la identidad de campeones.

Pero no todo está perdido. Hace falta eso si, una política de identidad que haga sentir a los nuevos iquiqueños orgullo por nuestra ciudad. Esa es labor de la escuela y de los medios de comunicación. Los grafitis que narran nuestra historia futbolera deberán ampliar su radio de acción. Hay que cultivar el pasado no para quedarse en él, sino para alimentarnos y cerrar filas en torno a la ciudad que tanto queremos. Parafraseando a Albert Camus podemos decir que nuestra ciudad es nuestro equipo de fútbol, con sus emblemas y colores. Habrá que actualizar la frase de Julio Martínez, “¡Cuidado que viene Iquique!”.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 23 de agosto de 2009