La fiesta de La Tirana va concluyendo en este año. Los bailes se despiden. El regreso a la ciudad es lento. Hay penas y también alegrías. Se ha cumplido con lo prometido.  Lo vivido en este pueblo es un quiebre con la rutina, con el trabajo monótono y las obligaciones del día a día.   ¿Pero qué significa que La Tirana sea una fiesta?

La fiesta constituye  uno de los puntos centrales de las religiones populares, sobre todo  de los bailes que cada año peregrinan a la fiesta de La Tirana. Esta es el centro de mundo donde hombres y mujeres viven una experiencia distinta. Otra forma de estar en el mundo.  La fiesta es “una experiencia  de lo divino, una experiencia que podía llegar a ser un “saber”, no por cierto teórico, sino práctico, inmediato y eficaz… Gracias a ella (la fiesta) se produce una aproximación, un estrechamiento de vínculos que venían a actualizar la relación hombre-dios, y se efectuaba casi en contacto entre esos dos ámbitos (sagrado y profano) cercanos y remotos”. Todo esto lo dice la profesora Grammatico.

Más allá de la relación entre lo sagrado y lo profano, se puede ver la fiesta en su vinculación con el orden. Así lo plantea el teólogo católico H. Cox: “La fiesta representa un momento en que la cultura popular y la cultura dominante, premoderna y moderna, entran en abierto conflicto. Las ‘elites’ culturales, incluidas las religiosas, casi siempre consideran la fiesta como algo peligroso, porque generan una energía que no es posible detener y desencadenan pasiones que no son fácilmente controlables. Consiguientemente, la historia de las fiestas en el mundo moderno es la historia de los intentos de prohibirlas y controlarlas, y es también la historia de la lucha de la gente normal y ordinaria para evitar que sus fiestas sean abolidas, alteradas o convertidas en atracción turística”. En el plano local, por ejemplo, estamos llenos de intentos de los cuadros ilustrados por prohibir las fiestas: decretos municipales que las prohibían  en el siglo XIX, como la de las máscaras entre otras. En el caso de La Tirana su vitalidad no parece puesta en duda. Sin embargo, en torno al espacio donde se desarrolla la fiesta, se tejen una serie de cinturones de seguridad. Expresan la idea del orden: los carabineros, los agentes de salud, los bomberos, etc. “No vaya a ser cosa que haya desborde”, parece decir algún custodio de la disciplina.

Lo anterior empero, no significa que la  religiosidad popular sea anti-moderna o pre-moderna. En casos concretos, son ambas. La  religiosidad popular,  no niega los valores de la modernidad como el acceso a la salud, a las comunicaciones ni siquiera al consumo. Tampoco quiere decir que el desorden reina. Los bailes, como hemos podido apreciar ejecutan sus mudanzas en un orden estricto y apegado a un libreto. La vida en los campamentos es de la misma índole.

Poca gente  queda en el pueblo. Sólo sus habitantes que no son más de cien familias.  Farías, el “cacique”, vuelve a su rutina,  al igual que el baile chino, la diablada, los zambos caporales  o las cuyacas. El viejo tópico ya lo dice “la función debe continuar”.