Siendo ya lugar común y como nadie me ha preguntado cuáles son mis deseos para el 2002, he elaborado esta lista. He aquí algunos de mis más preciados y caros anhelos.  Todo ellos están guiados, por la lógica que dice que en el “pedir no hay engaño” o de aquella otra “la tercera es la vencida”.

Eliminar la palabra envidia, chaqueteo, talibán, afuerino,  del diccionario de los iquiqueños; poner la balsa en el balneario municipal; pagarle un tratamiento a Manolito; arreglar la lápida del Chilenito; bautizar como Plaza de los Poetas a lo que queda de la Plaza Brasil; no cambiar nunca más de lugar a Eleuterio Ramírez; premiar al mejor pesebre iquiqueño; honrar al taxista que tiene un árbol de pascua en su colectivo, entre su asiento y el del pasajero; declarar de un vez por todas hijo ilustre a Checho González; cambiar las banderas negras por las celestes; convertir un auto abandonado en monumento a la Zofri;  que las comidas rápidas sean eso, o sea rápidas; recetarle un antidepresivo a la democracia cristiana;  regalar  manual de Carreño a ciertas autoridades gubernamentales y de las otras; que los caballos que tirarán los tranvías de la calle Baquedano no sufran desasosiegos estomacales;  que la asociación de box de la familia Villarroel tenga un terreno donde construir su gimnasio y guardar el ciento de copas que posee; que se reduzca el riesgo ciudad; bajarle un poco el volumen a las películas de los cines locales;  que la Plaza Prat vuelve a ser lo que era incluso con el reloj que “da la hora”, o sea, impuntual.

En esta larga lista de deseos o de imposibilidades habría que agregar también éstos:

Relojes para que lleguemos a la hora. En esta  ciudad  la Misa de las ocho empieza a la ocho y media; los revelados de películas de una hora están en noventa minutos; la entrega inmediata no es tal; la media hora del reparto de pizzas dura cuarenta minutos; los radios taxis que juran llegar en cinco minutos lo están en quince; en el banco nos dicen “espéreme un segundito” y los minutos corren más despacio; las palabras breves de las autoridades duran mínimo media hora;  las farmacias de urgencias… bueno para que sigo. Y más deseos:

Entrega de calendarios, pero sin candidatos. En esta ciudad mañana puede ser cualquier día, menos mañana. “Hoy no se fía mañana si” se cuelga en las botillerías y despachos. Igual que “dejemoslo para otro día”. Los iquiqueños nos parecemos a los  húngaros. Ellos dice “lo urgente puede esperar tres meses”. Húngaros son los gasfiters, los albañiles, los fotógrafos, los imprenteros, los músicos, los políticos, los sociólogos, y un etcétera de la geografía humana imposible de detallar aquí.

Lo anterior puede parecer un arrebato de ingenuidad. Pero si nos falta el sentido del amor por lo menos que nos acompañe el del humor. Un amigo me propuso    cambiar el nombre de Iquique por Mayami. Ahí si que no le dije, porque en una de eso ya no seremos más envidiosos, ni impuntuales. Y ahí si que dejamos de ser lo que somos.