Se ha dicho que las elecciones, del tipo que sean, constituyen el punto culminante de la democracia. Cada uno, en el secreto de la urna, emite con un grafito en mano, su preferencia. En ese cuarto, hecho de madera y en forma provisoria, se marca una decisión definitiva.

Atrás quedaron las caravanas, las palomas, los volantes, los carros desparramando música ligera por la calles con niñas con ropa ligera. Todo para una decisión que no es nada de ligera. La noche del debate quedó atrás. La lectura entrelínea de la prensa también. Los análisis, apasionados o no, de igual modo; constituirán ahora el material de la historia. Conviene guardar los impresos. Conviene tener la memoria fresca acerca de lo que se dijo, de los abrazos, de las sonrisas y de las fotos. Todo pasa, pero la imagen impresa o aquella transmitida por TV queda. Colecciono imágenes. Colecciono opiniones. Colecciono sonrisas. Colecciono olvidos. Tengo un archivador de palanca marca “Buho” que engorda cada cuatro años.

Llegaron los viejos perfectamente terneados (Hay que hacer de los lugares de votación un lugar de encuentro de hombres y mujeres, separarnos entre género es ya un anacronismo). Los más jóvenes, llegan con el uniforme iquiqueño: polera, chalas, shorts. Y debajo de la polera, la consecuencia de un estilo de vida poco saludable. El sol como nunca pega que da gusto. Los políticos se hacen ver para ver si logran cautivar al indeciso. Los vocales, ejemplos obligados de cultura cívica, cumplirá su ritual. Dicen que ahora le pagarán. No mucho, pero alcanzará para algo.

En las casas, el almuerzo se convierte en un hecho político. La TV encendida, da cuenta de como los famosos votan. Se levantan apuestas. La siesta sigue su curso normal. Tipo cinco de la tarde la cosa, a medida que el sol decae, se pone caliente. Aparecen las tendencias al caer el sol. Los periodistas, convertidos en una especie de puesto de cancha, en este caso en los lugares de votación, transmiten porcentajes. Los analistas, de un lado y del otro, agudizan su olfato. Suman y restan. Comparan.

A las ocho la cosa está clara. Sólo falta el último comunicado sobre un total del 90% de mesas escrutadas. No hay triunfos morales. Nadie valora si se jugó bien o mal. Los números hablan por si. El día lunes o lo que sigue en la semana vendrán los análisis. El perdedor deberá ir a saludar a quien ganó. Y debe mostrar su mejor sonrisa. Es el ritual de una lucha que premia a quien hizo mejor las cosas. Es el castigo a quien creyó que podía darle vuelta la voluntad a las urnas.

Las bocinas inundarán la ciudad, largas caravanas tomarán casi por asalto al puerto. El país respira tranquilo. La mayoría dormirá con el gusto del triunfo en la boca. Al día siguiente el país será otro. Tal vez más maduro. Como dice la canción de Serrat, “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza”. Ayer, aunque fuera  sólo por un día, la opinión de cada uno, sin distinciones, valió un voto.