Una vieja crónica del diario El Tarapacá, por allá por los años 50, escrita bajo la forma de un diálogo entre un iquiqueño residente y otro que vuelve a su ciudad, se centra en un personaje a quien sólo se conoce con el nombre de don Floro. Una conversación sobre los tiempos idos y buenos de este puerto que conoció el dinero a raudales, y que en las década de los años 50, sólo vive de esos recuerdos. El trasfondo es hacer notar las malas condiciones de salubridad de la ciudad.

¿Quién era don Floro? Como todo personaje popular, sólo se sabe su nombre y su oficio. Ese parece ser el sino de todos aquellos hombres y mujeres humildes que se destacan. ¿Quién sabe el nombre y el apellido de Pancho “Machete” de la Plaza Arica? Su único signo de identidad es el sobrenombre o el nombre de pila. A medida que avanza el diálogo, los recuerdos se entrelazan. La carreta de don Floro es el instrumento con el que se ganaba la vida. Uno de ellos, Juan González, pregunta por “el veterano moreno, mocetudo, aquel que salía a media noche en su carretón lleno de barriles”.

Las casas de Iquique solían tener dos puertas. La principal, al centro y otra, más angosta, a un costado. Por ella se ingresaba al patio de la casa. Don Floro al igual que muchos otros, vaciaba un barril sobre otro y se lo llevaba quien sabe hacia donde. Era nuestro sistema de eliminación de excretas de una ciudad que carecía de alcantarillado. “Guapos” le decían a esos hombres. Y así le llamaban por que sacaban la mierda. Abrómicos se llamaban esos recipientes. Esa palabra repugnante, de tan repugnante que es, no sale en el diccionario. “Es un recuerdo que ofende” dice uno de los contertulios. La noción de dignidad laboral es puesta en entredicho. Algo parecido habría sucedido en los años de la peste bubónica con el enterrador de esos muertos.

Es fácil imaginar como olía la ciudad. Hernán Rivera Letelier en una de sus novela, creo que en “Los trenes se van al purgatorio”  retrata esta actividad. Pero volvamos a la mencionada crónica. El fin de la carreta de don Flor, da paso al vehículo motorizado. En una camioneta se realiza la labor de los guapos. El recién llegado deja entrever su crítica a las autoridades de salud. Antonio, el iquiqueño residente le dice que sólo ha cambiado la forma y no el fondo. Está crónica que comento se llama “Días grises en Iquique”, Y su autor, al igual que don Floro, sólo se identifica con sus iniciales: ACO. Mi buena amiga Soledad Chávez me dice que la palabra abrómico tiene raíz helénica, (viene del griego) y tiene que ver con recipientes que contienen excrementos. Termina diciendo ¡qué duro  trabajo y qué fuerte palabra!

Así como se terminó esa ocupación, la palabra cayó en desuso. La vida cotidiana y sus oficios como el ya señalado, se pierden en la bruma de los recuerdos. En muchas casas aun se conservan esas puertas laterales. Las mismas por donde transitó don Floro.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 18 de abril de 2010. Página A-13