Debe usted dejar de tomar café, me dijo con tono diplomático la doctora. Y ahora que la prohibición ha caído como un pesado párpado antes de la hora del sueño,  tomo nota de su importancia. Una prohibición más al catálogo, otra caja de remedio al velador. Sirven los cafés para que la gente se junte y hable de cualquier cosa. Los hombres, si es lunes, repasamos la fecha del fútbol. Y si es viernes, especulamos con lo que haremos a partir de esa día cuando el happy hour nos llame a la hora señalada. De las mujeres no se mucho de que hablarán.

En esta ciudad que nunca ha sido de tomar mucho café, se nota que faltan locales para saborear el triunfo o la derrota el día lunes.  En los años 60, el café Derby, era nuestro orgullo. El olor del grano inundaba la calle. Y penetraba; nunca tanto como el de la harina de pescado, pero en fin. En la calle Vívar el “Café Diana” aromatizaba ese vértice que ahora huele a comida rápida.  Los iquiqueños éramos de tomar té, y sobre todo en las mañanas con leche, de esa en tarro que hoy requisan por doquier.

Hay en el centro, dos o tres locales que no voy a nombrar para no hacer publicidad gratis, se pelean por los clientes. Pero éstos, por diversas razones los han elegido antes. En uno se puede fumar que da gusto, desafiando la foto de la cajetilla de cigarro que predica lo que se les viene a quienes aspiran ese humo que alguna vez fue tema de canción. En el otro, un tanto más elegante suele juntarse, si es que la hay, cierta elegancia iquiquensis. Digo si es que la hay, pero en mi fuero interno pienso que en esta ciudad no hay tal cosa, por lo mismo, me gusta más. El otro queda en el medio de éstos, pero me temo que la música que toca un señor en las afueras ha terminado por ahuyentar a los pocos que soportábamos estoicamente esa música semi-envasada.  Hay otros que tienen que ver con la posmodernidad. Los cafés con piernas y los cyber cafés. Pero, de café no tienen nada y de lo otro mucho, a veces demasiado.

Cerca de la Universidad Arturo Prat, hay un café que bien podría ser nombrado campus de esta Casa de Estudios acreditada. En el discurso inaugural con el que iniciaba su mandato, el rector Gustavo Soto, nos autorizó a tomar café, porque sabe que en esos lugares a veces se hace más universidad que en las aulas. A veces, no siempre. Eso hay que dejarlo en claro. Es un café además que sirve de barómetro: cada vez que hay elecciones, que las hay muchas, se juntan los bandos en disputa a conversar y a sumar adherentes.  La Zofri y el mall aportan con lo suyo. Pero todos estos locales tienen un gran problema: la bulla de sus máquinas a veces no dejan conversar. Por que el café es para conversarlo, y mejor aún si hay música sobria, de fondo para como para que las palabras broten.

Para que Iquique sea moderno como manda a decir el recetario, falta una buena banda de jazz, mejores librerías, transporte público regulado, una mejor delimitación entre lo público y lo privado, mejor cartelera de cine  y un par más de buenos locales para tomar café.  A la hora del recuento en esta ciudad tan especial, hay más choperías que café. Es que en el fondo somos un gran campamento minero con mall incluido.