Desde el establecimiento de la Zona Franca en Iquique se han trastocado todos los deseos de una población que ni siquiera había soñado con tener lo que ahora posee.  Hasta antes de la llegada de la Zofri, el automóvil, por ejemplo, no estaba ni siquiera inscrito en el horizonte del deseo.

El auge de los nuevos deseos y la posibilidad de disfrutar de ellos a través de la compra del bien que se publicita, estimula  un apetito de consumo sin precedentes en la historia de nuestra ciudad, rápidamente también se vuelve a estimular. Los resultados son evidentes, cada vez se extiende más y más el universo de los deseos. Lo ostentoso se legitima de tal manera que se hace imprescindible.

En la actualidad el automóvil  es un elemento constante en el paisaje iquiqueño y es el centro en la cual giran casi todas las conversaciones. Es tanta la “automovilmanía” que el comentario obligado después  de cada accidente no es sobre el estado de los ocupantes, sino en como quedó el auto.

Todo este trato veneroso con respecto al automóvil (o a cualquier otro artículo venido de la sociedad de consumo) revela una actitud casi religiosa frente a él. Para darse cuenta de ello baste observar el complicado ritualismo de los fines de semana, en que por fin logra reunirse la familia (cosa que aun no logran los científicos sociales) en torno al símbolo del consumismo: el automóvil. Todo un sistema de cuidado que se le dispensa en el día de su baño semanal.  Hasta el perro, fiel amigo del hombre, coopera.

El automóvil es, sin duda alguna, un bien que satisface necesidades reales. Pero su existencia debe estar al servicio del bienestar del hombre por sobre todas las cosas. Que suceda lo contrario, el hombre al servicio del automóvil, es alarmante y nos indica que día a día nos estamos amarrando de manos y de pensamientos al frío engendro de la sociedad industrial. Es peligroso ya que por este camino, vamos derecho a la deshumanización y a la desnaturalización de las relaciones sociales.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 17 de abril de 1980, página 4.