El crecimiento agigantado de nuestra ciudad, cada vez más integrada a la vida moderna, con sus portentosos medios de comunicación, está trayendo como consecuencia la extinción  de un estilo de vida tradicional, que se expresa en la vida del barrio.

El barrio, esa micro-comunidad  de intereses y de lealtades empieza a ceder su lugar a la vida moderna, caracterizada, a menudo,  por la despersonalización de las relaciones humanas (los vecinos, a veces ni se conocen); la indiferencia (no hay ayuda mutua entre las familias, ya no se deja a la guagua encargada, por ejemplo), y el individualismo (el logro del bienestar ya no es un asunto comunitario). Los bloques de departamento nos obligan a vivir encima de otros y no al lado. La casa grande de la puerta siempre abierta, la de las sillas en la calles, la del té a la cuatro de la tarde, sea invierno o verano, en muchos de los casos, es sólo un recuerdo, o una costumbre que se practica en silencio, casi en secreto.

Los viejos y los niños, los extremos generacionales del barrio, ya no son actores principales de esta vida. Los viejos, la memoria colectiva del barrio, viven cada día más constreñidos a sus realidades inmediatas. Al pasado que le dio todo. Al presente que se le manifiesta en el montepío o en la “perseguidora”. Y los niños, el futuro del barrio, el sistema nervioso de la comunidad, se esfuman en los jardines infantiles y en la televisión. Ya no hay niños en la calle.

Los puntos de articulación económica y social del barrio, el zapatero, el carnicero y el almacenero, van cediendo su lugar a todo lo que viene ya hecho: lo que se vende en el supermercado y en la tienda de moda.

El club de barrio, aquel maravilloso invento de la comunidad, en donde ésta, se representa, va poco a poco falleciendo por no poder adaptarse a la vida moderna. Sus dirigentes inspirados en un pasado brillante, a veces, no alcanzan  a darse cuenta que se viven nuevos tiempos, donde se quiere todo hecho a la medida, sin esfuerzos y sin sacrificios.

Ahí está la Plaza Arica, el Matadero, el Morro, Cavancha, el Colorado, Pueblo Nuevo, además de otros tantos barrios que viven esperando el momento de ser lo que siempre fueron: la vida que dio vida.

Publicado en La Canasta.
Organo Cultural del Club Deportivo “La Cruz”.
Año 1. Nº 1, Iquique, Chile 1981, página 3.