La más tropical de las ciudades chilenas es la nuestra. Y eso es bueno, pero tiene también sus defectos. Aceptemos que somos alegres y hasta cierto punto despreocupados. Nos gusta el baile y la vida al aire libre. La vida nocturna es nuestra segunda jornada. Y al parecer es la más importante. El living de nuestra casa se prolonga hacia el exterior. La casa y la calle parecen formar una sola unidad.

Y eso es precisamente un tema que lleva a los excesos. La confusión entre lo público y lo privado. De allí que la música a alto volumen y a altas horas por la noche inunde la privacidad de los hogares. De allí, por ejemplo, que un señor estacione, en una calle del centro, una maquinaria pesada de color amarillo, como quien estaciona un auto. En esa misma calle un transportista dueño de un inmenso camión, duerme en la cabina. Por las mañanas se asea. Y nadie dice nada. Y está a una cuadra de la comisaría de Carabineros. De allí que se boten a la calle refrigeradores viejos, catres, colchones,  cocinas, sillas destrozadas, etc. En las calles, como testimonio de la opulencia de la Zofri, los autos abandonados siguen viviendo.

En esta ciudad uno podría decir que no existe transporte público. O al menos, no es relevante. Los miles de autos que ofician de tal, si bien es cierto dan ese servicio, éste no se inscribe en la lógica que todo transporte debe tener. No hay fiscalización, no hay ordenanzas. Del aseo y de la higiene para que vamos a hablar. Muchos choferes trasladan el living de su casa al auto. La música a alto volumen, el tipo de programa que escuchan, etc, indican que lo público y lo privado no existe como dos esferas distintas. Para que vamos a señalar el hecho de que en muchos casos, los conductores participan, sin ser invitados, en las conversaciones que los pasajeros sostienen entre si. Incluso corrigiendo. Esto tal vez al turista le llame la atención.

En esta ciudad lo formal con lo informal tiene la misma dimensión que existe entre lo público y lo privado. La economía informal parece desplazar a la formal. Al mediodía el centro histórico de la ciudad está invadido por carros de supermercados que lucen la oferta del día: panty, calzoncillos, camisas y un largo etcétera. El paseo Baquedano en constante arreglo señala otro aspecto de nuestra tropicalidad: lo provisorio. Siempre hay algún arreglo que hacer.  No me imagino, al alcalde de París, cada dos meses arreglando la torre Eiffel.

Es bueno que la ciudad tenga un aire familiar, pero a veces se nos pasa la mano. Lo familiar tiene que ver también con la seguridad y con sentirse bien, en confianza. Y cada día perdemos más estos valores. Y estar en casa es, estar además, en confort, aseados. Uno de los grandes problemas nuestros, de esta ciudad, es entre muchos otros, el del aseo. Al parecer la basura nos ganó.