Los días posteriores al golpe de Estado de 1973, en lo que a búsqueda de información se refiere, no se pueden entender sin la radio onda corta.  En ella buscábamos  las noticias sobre nuestros país. Y Radio Moscú, noche a noche, nos ponía al día. Era el único medio y el único modo que había para saber que pasaba en nuestra sociedad. Los dedos temblorosos y el corazón agitado eran las contraseñas para acceder a ese mundo prohibido.

Años mas tarde se sabría que la voz del “Escucha Chile”, era la de una mujer ucraniana que había aprendido el español en México. Junto a José Miguel Varas, conjugaban la narrativa de la esperanza y del dolor. Su nombre Katia Olesvkaya. Falleció, hace unos días atrás,  en Israel a la edad de 92 años.

Las noches iquiqueñas con la oreja pegada al receptor, con volumen bajo (en ese entonces el vecino era sospechoso) íbamos armando el mapa del dolor y de la tristeza. Ya no recuerdo cual era el dial preciso (el miedo es primo hermano del olvido), pero si, las ansias con que aguardábamos el inicio de ese bloque informativo.  La memoria auditiva de esos años, tiene como pilar fundamental la voz de esa mujer, que gracias a la magia de la radio, nos pobló el estado de ánimo de esperanzas.

Escuchar a la Katia era una forma de resistencia. Derrotados no nos quedaba más que esperar que alguna noticia anunciara que la pesadilla no era tal. Radio Moscú, jugó un rol no del todo valorado. De la Katia ni que decir. Al escuchar su voz, independiente de su cuerpo, del color de sus ojos y del tamaño de sus dedos, ni siquiera logramos imaginar quién era y cuánto había sufrido en ese país inventado que fue la URSS, en  la segunda guerra mundial. Siento que los chilenos estamos en deuda con esa mujer.

Un país en silencio y en llanto se hizo fiel a Radio Moscú. Desde ese país tan lejano nos enteramos de la muerte de los nuestros que vivían en el Morro o en la Caupolicán. Desde la capital rusa vinimos a escuchar el último discurso de Salvador Allende, en La Moneda. Por esas ondas supimos que la “ley de fuga” no era más que un pretexto.

Por las noches recorríamos otros diales. Radio Praga de la entonces Checoslovaquia y Radio Tirana de Albania, complementaban el cuadro de la tragedia chilena. El silencio de la noche atrapada por el toque de queda, parecían romperse por esa voz que nos llamaba a la puerta para decirnos: “Escucha Chile”.

La radio ha sido el instrumento que mejor ha retratado lo mejor y lo peor del siglo que pasó. A través de ella nos enteramos de la llegada del hombre a la luna, así como del fin de la segunda guerra mundial. Si hubiese habido medidor de audiencias, Radio Moscú habría alcanzado máxima sintonía y Katia, lejos la más popular. Pero le tocó narrar parte del infierno. En este país tan desmemoriado vale la  tributar la memoria de esta mujer.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 31 de mayo de 2009