El mes de julio se va en retirada en forma lenta. No es el mes de polulos y de chusca. La Tirana y su fiesta que le define el carácter de ese mes, lleva ya tres años sin realizarse. La de este año fue a retazos. Unos pocos bailes llegaron al pueblo. La mayoría, se desplazó en el caso de Iquique, a la plaza Arica y a otros lugares. Las danzas y los cantos, el reencuentro, la llegada de nuevos bailarines constituyeron puntos cruciales.

La Tirana no se deja encasillar y menos atrapar en su pasado. Es fiesta donde la inventiva, la innovación y la creatividad siempre están presentes. No es la repetición de un viejo guión que empezó a inscribirse a fines del siglo XIX.

Es una fiesta mariana. Si bien hereda los tópicos centrales de su constitución: madre que protege, cuida y castiga, asume tanto en su origen como en su realización características regionales, mediadas por el nacionalismo, la etnicidad y el mestizaje. Estos tres elementos se hacen presentes, de modo simbólico. La nación a través del uso de los colores patrios, la etnicidad recurriendo a vestimentas y danzas andinas o afro-descendientes y mestizas, en el sentido que los que dinamizan estas prácticas son hombres y mujeres producto del largo mestizaje que ha vivido nuestro continente, y que en el caso del Norte Grande, hay que adicionarle, producto de la explotación del salitre a fines del siglo XX, con la llegada de migrantes de Europa y de Asia, un componente  diverso. Este marianismo si bien es cierto tiene, una marca andina y española, a ella se le suma que sus portadores es una población mestiza de corte popular, que hasta los años 80, estaba compuesta por obreros, comerciantes, dueñas de casas. Este marianismo además tiene una ética social abierta al mundo. El año 1970 para las elecciones presidenciales, un 70% de ellos, votó a favor de Salvador Allende.

La Tirana marca a ritmo de bombos y de instrumentos de viento nuestra compleja identidad.

Publicado en La Estrella de Iquique el 24 de julio de 2022, página 11.