El corte de agua de la semana pasada puso una vez sobre el tapete la fragilidad de la ciudad. Años antes fue la crisis de la basura que significó una emergencia higiénica de marca mayor.  El agua sigue siendo, junto a la energía, y a todos sus derivados un gran tema para la región: capital humano, educación y salud, que siguen al debe, a pesar de algunos avances.

Iquique, muestra positivos números macroeconómicos, pero la vida cotidiana parece correr por otro carril.  Como dijo alguien alguna vez, a propósito de la economía chilena: “La economía está bien, pero la gente está mal”. La burbuja de vez en cuando, revienta.

El manejo de la ciudad muestra síntomas preocupantes.  No hay día a la semana que no haya corte de luz, planificada o no. Los cortes de agua van por el mismo sendero.  La entrada a la ciudad por el lado sur, se acompaña de un aroma nada de motivador.  Con esas claves poco o nada podemos hacer para transformar a la ciudad en una oferta turística.  Con respecto al agua, parece que debemos volver al viejo Iquique que almacenaba este líquido en tambores de aceite de 200 litros, “encementados”, por dentro.

Uno de los talones de Aquiles de la ciudad es el suministro de agua potable.  El crecimiento demográfico no ha ido a la par con una oferta de calidad en el servicio. Y más aún, se nos olvida que el agua es escasa y que habitamos como a algunos les gusta decir “en el desierto más árido del mundo”, cosa que es cierta.  La amenaza de un gran sismo y tsunami, nuestra ubicación encajonada entre el cerro y el mar, nos hacen más frágil aún. Si a ello le sumamos un plano urbano congestionado por la cantidad de vehículos en marcha, estacionados y abandonados, la situación se vuelve aún más preocupante.  La crisis de los ascensores, señala nuestra deficiente apego a la buena tecnología. La informalidad de la ciudad, y no sólo en el comercio, sino que en la falta de protocolos, planos reguladores y otros instrumentos para normar la convivencia, pasa de ser algo folklórico a preocupante.

El cacareado desarrollo de la ciudad, desigual por cierto, no es más que crecimiento económico. A unos pocos les va bien, a la mayoría no.  No es un misterio que la ciudad está segmentada. Sucede que los menos favorecidos viven en una inclusión simbólica, pero no material. Está la idea de que se puede, gracias al “chorreo”, alcanzar algo de esa riqueza.  Sin embargo, la crisis de La Polar, puso en evidencia, una vez más, que la riqueza la pagan los pobres.

La crisis del agua, manifestó la fragilidad de una ciudad que no es capaz de transitar de la caleta al puerto. Y lo es, ya que nuestros gobernantes,  no logran, combinar el  crecimiento económico con el bienestar. El aroma de Iquique, ya no es a jazmín, ni a harina de pescado, es pero aún.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 19 de junio de 2011, página A-12