Para que las casas se transformen en hogar, deben tener identidad. Una de esas formas es cubrir las paredes con aquello que consideramos importante. La muerte de Luis Briones, me recordó la importancia que tenían para nuestros antepasados dejar marcada su presencia. Los dibujos encontrados en las cuevas de Altamira nos remiten a ese anhelo de los seres humanos por hacer evidente su estadía. El desierto de Tarapacá, así nos enseñó el viejo Briones, se ocupó como una inmensa pizarra. La gramática de esos textos aún sigue siendo un misterio.

Nuestros hogares, cuevas de Altamira, en sus paredes nos dicen quienes somos y que pretendemos. El puerto libre de Arica, nos trajo los gobelinos. Tres gatos jugando al billar, un sujeto montado en caballo secuestrando a su futura novia en un país lejano. En el pueblo de Tarapacá, una casa aun luce un gobelino. La Zona Franca, por su parte, nos suministró imitaciones de cuadros. Uno de ellos, un niño llorando que rápidamente fue asociado al diablo.   Ni que hablar de calendarios con paisajes que nunca habíamos visto. Agreguemos banderines sobre todo de equipos de fútbol. Mi padre tenía tapizado, en una especie de altar, banderines del Colo Colo y de Iquique. En ese tiempo nuestra ciudad aun no entraba al profesionalismo. Y cuando los albos venían a jugar con los nuestros, los hermanos Robledo, jugaban un tiempo por el cacique y el segundo, vestían la celeste. Lleno total el reducto de Cavancha que no tenía pasto.

El ideal de tener cuarto propio era motivo para poner en esas paredes parte de nuestra identidad siempre en construcción. Los Beatles, el Che Guevara, la Marilyn o la Kim Novak. La mayor fantasía era tener un gran afiche de alguna película famosa como Operación Trueno,  Espartaco o Barry Lyndon. Nuestro Netflix eran los cines locales.

Las paredes y el modo en que la cubrimos da para psicoanálisis. Hay quienes afirman que se pone en las paredes lo que no se tiene y desea.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 21 de febrero de 2021, página 11