De las muchas cosas que los hombres no sabemos hay que sumarle otra: comprar. Y sobre todo comprar en el supermercado. El día señalado por la urgencia del hogar y la orfandad del refrigerador es un día tenso. Ir al supermercado es lo antagónico de ir al estadio. A este último se va con ansias. Algunos llegan, digitados desde sus casas, con una lista. La sacan del bolsillo y la despliegan como el viajero perdido que revisa la guía turística o bien la brújula. Miran hacia los cuatro puntos cardinales. Y se lanzan a conquistar pasillos y a llenar el maldito carro.

Otros, perdidos, y para no parecerlo tanto, agarrado a ese carrito que lo lleva por esas calles eterna de ese lugar tan inhóspito como un estacionamiento subterráneo o pasillo de un mall. Ahí, en ese preciso instante, un sábado por la mañana o un lunes por la tarde, da lo mismo, nos damos cuenta de la necesidad de la lista, o mejor dicho de alguien que la escriba. Y que mejor por orden alfabético. De la arroz a los zapallos, pasando por las paltas y el café. 

Ahí estamos pues, sumidos en la angustia. ¿Qué compramos? ¿Cuánto compramos? ¿De qué marca compramos? Preguntas tan larga como la lista que el vecino revisa cada vez que la angustia se lo come: ¿Descremada es igual a ligth? Ni que decir, la fecha de vencimiento que a veces se confunde con la de elaboración. ¿Calorías e hidratos de carbonos? ¿Ligth o zero? El ser o no ser, la duda de Hamlet se instala en ese esecenario que parece la sala de operaciones de un hospital cualquiera.

Ir al supermercado es un acto de arrojo sin igual. Allí hay que tomar decisiones casi cruciales. ¿Cómo saber si la palta está buena para el hot dog de la tarde? Y qué decir del tomate. ¿Duro y rojo? O solo rojo, pero no duro. Mientras, la señora segura de si misma, con su carro lleno de todo,  mira y admira como en ese carro caben sólo dos cajas de quáquer y nada más. Luego la sección de cristalería. Vasos, platos, velas, cubiertos, manteles (¿cómo se sabe si es para la mesa redonda o rectangular?).

Hay una habilidad de la que carecemos algunos hombres: leer la letra chica. En este caso, fechas de los productos, información nutricional, entre otros registros. No tenenos además esa mirada intuitiva que descubre, a la primera, que la cecina o un lácteo “no luce bien”.

A esa altura de la mañana llegara la caja, es como la meta.  El cajero pregunta por los puntos. Si se es socio o no. Hora de pagar. El señor, muy amable,  teclea que da gusto y los ceros a la derecha crecen que no da gusto.  El muchacho envuelve con prolijidad y rapidez a la vez. La bolsa del pollo con el pavo. El azúcar con la sal. El cloro con el omo. La simetría en su esplendor en ese día por la mañana. Y la propina por cierto. La primera para cualquier institución filantrópica y la segunda para el joven que desea romper el círculo de la pobreza.  Llegar a casa y desplegar las cosas sobre la mesa. Desempacar. Ordenar. Todo en su lugar. Guardar las bolsas y pensar en la contaminación. Preparar un café. La vida cotidiana tiene sus encantos. Y este acto, sin duda alguna, que no lo tiene.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 21 de junio de 2009