Esta ciudad ha tenido una vocación y gusto por los relojes  admirable. En sus tiempos mozos llegó a tener tres.  El más famoso y el único que queda, es el  de la Plaza Prat. El del ferrocarril por la calle Ramírez al fondo,  y el que estuvo en Zegers con  Baquedano y que después se trasladó a las esquinas de ésta misma calle,  pero con jota jota Pérez. La única imagen que he visto de este último,  es un cuadro del arquitecto Robinson Tapia. Deben haber fotografías guardadas en los apetecidos álbumes familiares. Existían  también habían los famosos pitos, que anunciaban el fin de la jornada laboral. El de las doce que aún se escucha. Y el de la seis, que desapareció nadie sabe que día y a que hora.

De los relojeros para que hablar. Las de los hermanos Moraga (ambos tenían su relojería por separado, uno por  Sargento Aldea y el otro por Thompson), fueron famosas por su eficacia, y a veces por su puntualidad en la entrega de las mercancías.  “Mañana te tengo el relojito, chamaquito” decían con una seriedad a prueba de impuntualidad. Verlos trabajar con una especie de tubo en el ojo, y con miles de pinzas, en una mesa nada de prolija, pero con artefactos minúsculos, era una placer. La redonda desnudez de los relojes carecía de pudor. Minuteros y segunderos dejaban de correr. Esperaban el milagro de la mano de don Luis o de don Joaquín. 

La relojería de Valverde, era quizás la más conocida. Y lo era, porque tenía la misión, ingrata por cierto, de poner a la hora, nada más y nada menos, que el reloj de la Plaza Prat. Hubo casos, en la que una esfera, de las cuatro que tenía, daba una hora distinta a las otras.

Si el Puerto Libre de Arica nos trajo los relojes marca Fero, la Zofri, nos puso en la pulsera los Cornavín que Comercial Comerinter vendía como pan caliente de la panadería Olimpia. Los relojes de paredes, comprado en el Boulevard de Cristal, convivieron junto  a los tradicionales gobelinos.

En los años noventa, el cerro Esmeralda de la noche a la mañana, apareció con un reloj nocturno. El genio de Guillermo Morales había provocado el milagro de dar la hora. Las horas y sus minutos corren  casi vueltos locos, entre piedras y arena en busca de la hora correcta.

Los iquiqueños nos damos maña para portar relojes aún cuando sea sólo para lucirlo. No le damos el uso que se merece. A no ser que se entienda claramente que cuando decimos a las cuatro, se deba entender como cuatro y media. El amigo que llega a quedarse debería adelantar su reloj en treinta minutos. Viendo así las cosas, el reloj de la Plaza Prat,  del tiempo del Perú, tiene razones de sobras para no andar a la hora. Pese a todo hemos  sobrevivido más de un siglo con nuestra particular forma de administrar el tiempo.

Publicado en La Estrella de Iquique, en enero del 2002