Conozco Buenos Aires gracias a Jorge Luis Borges. Es más, creo saberme algunas calles de memoria. Tengo grabado los olores de sus arrabales y de tarde en tarde, mirando al Sur de Iquique,  puedo  ver la figura de los hermanos Iberra. Nunca he estado en Buenos Aires, pero la poética del ciego universal, me la trae a diario, viajando en sus libros.

En tiempo de globalización y de Mc Donald, la identidad -esa demanda a veces inflacionada- se pasea en los versos de Borges con una familiaridad, pocas veces vista.

Su primera obra “Fervor de Buenos Aires” ya nos anuncia una constante en su poesía. La ciudad re-inventada en cada frase; los personajes atado al destino y a la fatalidad; el cuchillo el instrumento preferido para alcanzar el consenso, aunque se llame y se le nombre como la muerte.   En Borges, la ciudad es un gran espejo. La figura que nos devuelve,  no siempre corresponde a quien se la ofrece.

“Y la ciudad es ahora, como un plano de mis humillaciones y de mis fracasos”. está clato la ciudad es más que edificios y calles.  En otra,   denotando el amor siempre ambiguo, así por ejemplo: “No nos une el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. Territorio de contrastes, aparece como una prolongación del ser más íntimo que en definitiva puebla la ciudad.

En Borges no hay cabida para la distinción dual y cartesiana entre ficción y realidad. Ambas conviven y se conjugan con natural familiaridad. De allí que Buenos Aires aireado como tribu, en su “Fundación Mitológica…”, se recrea en una suerte de juego y de ritual inacabado. La ciudad es el paraíso donde siempre el mal acecha,  ya no en forma de manzana, sino como daga, puñal o simplemente como muerte.

El Fervor de Iquique tiene sus propios aires, sus propias dagas. El Chico del Puerto, paseó su fama -como la de los Iberras- por los zaguanes de la ciudad con banderas negras. Sobre él cayo la maldición de ser el más malo entre los malos. El Colorado, para ese entonces, sólo había sido descrito por Nicomedes Guzmán en su “Luz viene del mar”. Nos falta y nos sigue faltando el Borges nuestro.  Así como nos falta la novela que recoja la épica deportiva, o la tradición tiraneña, carecemos  del poema que nos relate y nos retrate de cuerpo y alma entera. Ahí están los héroes: el Tani, los dos arturos, el rucio ardiente de la escuela Santa María, los inmolados en cualquier reyerta de barrio popular: aquellos que con el ceremonial del cuchillo degollaron hasta la luna, una noche cualquiera.

Borges reinventa la ciudad. Imagina como fue fundada echando de menos la vereda del frente. Es la épica de una ciudad que al igual que la nuestra, se pobló en el mil novecientos de acentos extraños,  que terminaron seducidos por el tango y la  milonga. Hay que reinventar a este Iquique tan nuestro y tan extraño, tan odiable y tan amable, a veces. Falta, insisto, el Borges iquiqueño.