Cuando el armenio-francés Charles Aznavour grabó “Venecia sin ti” jamás imaginó que los iquiqueños se apropiarían de esa canción. Las chanchas de la calle Thompson no se cansaban de recibir monedas a cambio de repetir una y otras vez ese tema. Los DJ locales terminaban rayando los 45 rpm de tanto complacer a las fans de ese cantante chico, pero de seductora voz. La disquera de Carrero no daba abasto para satisfacer las demandas de una población que veía en esa grabación otro himno más para ese Iquique azotado por la crisis.

“Que profunda emoción, recordar el ayer…” y los viejos se acordaban de las salitreras y de su esplendor. Y cuando llegaba la frase “Cuando toda Venecia me hablaba de amor” cambiaban la ciudad y la reemplazaban por Iquique. Nunca una canción se había recreado con tanta soltura y pasión a la vez.

Cada iquiqueño era y a su modo un Aznavour. Y el Burro Vargas no fue la excepción. Fue el primero en documentarse sobre la vida de este cantante. Llegó a la esquina del barrio con la novedad. “Aznavour no es francés” dijo con un tono despectivo mientras lanzaba un escupitajo al piso. Y antes que el barrio lo increpara dijo con voz de catedrático “Es armenio”. Las miradas se cruzaron, desconfiadas. Jamás el tuerto Mandalay había escuchado tal lugar. Es más, en el atlas de la Escuela Centenario ese país no existía. Resuelta las dudas del lugar gracias a la intervención de don Pablo Santa Cruz, el Burro Vargas se transformó en el hombre que más sabía acerca de Charles Aznavour.

Venecia se parecía más a Iquique a medida que la canción aumentaba su popularidad. Cada verso traía irremediablemente el recuerdo de ese Iquique añoso que aún respiraba en las chanchas de los bares más emblemáticos de la ciudad. “Que callada quietud, que tristeza sin fin, que triste y sola está Venecia sin tu amor”. La comparación no podía ser más exacta. La crisis parecía sumir a los iquiqueños en una pena de amor, sólo comparable a la del armenio-francés. “Ante el atardecer, tu lejano recuerdo me viene a buscar”. Respirar profundo y cerrar los ojos era instantáneo. Ya no se sabía si se vivía en Iquique o en Venecia. A nadie se le ocurrió lo obvio; hermanar a ambas ciudades y declarar hijo ilustre de Iquique a Charles Aznavour.

Lo simpático vino a ocurrir casi al final de la canción. El Burro Vargas como siempre llevaba la delantera. Sucedió entonces lo de siempre, se tradujo literalmente el tema. “Una góndola va, cobijando un amor, el que yo te entregué dime tú donde está”. Se imaginaron montados en la góndola, sobre todo la 14 que bajaba rauda por Serrano, rumbo a Cavancha, vía el Camino.

La góndola veneciana y la iquiqueña parecía hermanarse una vez más. Por la ventana de la 14, y con la mitad del cuerpo hacia la calle, el Burro Vargas- Aznavour, mitad iquiqueño, mitad armenio realizaba el milagro de contextualizar nuestros sueños y nuestra crisis. El Venecia sin ti fue el Iquique sin ti.