Un profesor de historia de Arica afirmaba. medio en broma y medio en serio,  que habían dos pueblos en el mundo esencialmente viajeros: el pueblo judío y  el pueblo iquiqueño.  Debe ser producto de la cultura del salitre, en la que Iquique adquiere definitivamente un aire de cosmopoliticismo, que los iquiqueños vieron que sus fronteras naturales como el mar y la cordillera eran una invitación para conocer el mundo. Y resulta comprensible. Las decenas de nacionalidades que arribaron a esta parte del mundo, en sus tarde de siesta y de nostalgia, habrían de hablar de estas tierras lejanas que dejaron para venir a conquistar la pampa y el mar.

Producto de la crisis del salitre muchos no sólo se fueron a la capital. Hubo aquellos que cruzaron el océano y regresaron a las tierras de sus antepasados. Los que pudieron solventar los inmensos costos, se fueron a Estados Unidos, Inglaterra o Alemania. En todas partes del mundo están los iquiqueños, cultivando el jardín de la memoria, echando de menos las tardes de siestas y de playa, los paseos por el “camino” y llorando como cabros chicos, o sea de verdad, cada vez que escuchan el himno nacional local.

Pedro Bravo Elizondo fue uno de aquellos que desde la Puntilla, después de haber estado en  Santiago y Chillán, emprendió el vuelo al país del Norte. En Wichita, Kansas, recrea y busca prolijamente los datos que le permitan entender el complejo puzzle de la historia universal/iquiqueña/salitrera.  Pero fue sin duda alguna, el golpe de estado de 1973, que hizo que la iquiqueñez se desplazara por ese mundo que sus abuelos pampinos decían que existía más allá del mar de Cavancha.

Iquiqueños que se fueron con lo puesto que era mucho: sus ideales y convicciones y sobre su espalda una historia llenas de fatalismo y de orgullos. Ya lo había profetizado Luis Advis cuando escribió “ustedes que ya escucharon la historia que le conté…” Instalados allá donde el desierto no existe y donde la flores no eran ni de papel y menos de lata, se hicieron la idea de una nueva vida. Pero nunca tanto, sus puentes seguían tendido al Cerro Dragón.  Las cartas iban y venían. Muchas no llegaron.  Se extraviaron en no se qué oficinas del correo. Las llamadas telefónicas eran tan caras que sólo una vez al mes… y eso. ¿Cómo hubiera sido la nostalgia con correo electrónico?

Aún recuerdo en la casa de Andrés Daniels un día de octubre de 1983. Una casa en Dusseldorf, entonces un grupo de iquiqueños de varios países europeos cultivamos ese inmenso jardín de la memoria, que se llama Iquique. No venían de Francia, Dinamarca o de Alemania, venían de la San Carlos, de la Plaza Arica, de la calle Bolívar, de la Mosquito Sur.  Otros, en sus casas enarbolaban la bandera de “Deportes Iquique”, y de vez en cuando escuchaban  el relato de cuando los dragones vencieron al centralismo llamado Colo Colo esta tarde de domingo del 1980.  Entonces todos se sentían más cerca de la Plaza Prat.

 

Publicado en La Estrella de Iquique, el 23 de noviembre de 2003