Las ciudades se bautizan  a si mismas. Se les conoce  con su apodo. Ese que el poeta inspirado inventó en un arrebato de inspiración y de traspiración. Jorge Luis Borges profesaba una amor especial por Buenos Aires.  Escribió:  “No nos une, el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”.  Iquique, no puede ser la excepción. Somos conocidos como “tierra de campeones” o por “Iquique, es puerto la demás son caletas”. El auge del turismo habría de crear, en los 80, la afirmación “una ciudad para querer”. Pero también fuimos conocidos como “Iquique, la cenicienta del norte”.

Acontecida la crisis del salitre Iquique se las arregló para seguir (sobre) viviendo. La bullante ciudad que fue a principios de siglo se transformó en una caleta semi desierta. Las luces de la calle Baquedano se apagaron y el tren longitudinal -el mejor indicador del progreso- redujo considerablemente sus viajes; el puerto ancló también su dinamismo. La crisis hizo conjugar el verbo emigrar.

Los más pobres tuvieron que ir con sus viandas o  bien en tarros, a coger sus alimentos en el regimiento Carampangue  (Juan Martínez con Riquelme). Los que pudieron regresaron a sus lugares natales. El enganchado se desenganchó y quedó libre, pero pobre. Las calles se llenaron de un nuevo olor. Iquique olía a porotos. El alimento de los ranchos destinado a saciar el hambre de los pobres. En los corralones de La Puntilla o bien en el regimiento  grandes filas de obreros esperaban su  ración.

La identidad iquiqueña, caracterizada por el emblema de las múltiples naciones que la ayudaron a formar, creó la consigna  “Iquique, la Cenicienta del Norte”.

Esta afirmación aparte de ser poética, encerraba una tremenda verdad. Para ello basta releer el cuento de la Cenicienta.  Iquique, mujer hermosa debía trabajar más de la cuenta para satisfacer las necesidades de su madre postiza, o sea Santiago. Su madrastra,  la ubicó en calidad de colonia interna, a la que había que extraerle rápidamente sus riquezas.

Su verdadera Madre, el Perú,  la había abandonado a su suerte. A diferencia del cuento, el final no fue  feliz. El Príncipe no le probó el zapato, al contrario le quitó los que tenía y la dejó descalza. La rabia y la frustración siguen siendo partes integrantes de nuestra identidad.

Sin embargo, la belleza sirvió también para desarrollar un gran estima de la que aún gozamos los iquiqueños. A diferencia de la  Cenicienta terminamos amando a nuestra madrastra y de vez en cuando,  al son de un vals peruano o de un plato de papas a la huancaína, nos acordamos de aquella.