Las tardes del domingo, según reza el lugar común, son aburridas en todo el mundo. Ya sea en Amsterdam, Moscú, Buenos Aires o Santiago, el tedio, bajo un forma de neblina,  parece apoderarse de la ciudad. Por lo mismo, se dice que para paliar esa sensación de desolación, Dios inventó el fútbol. Más allá de esa cosmogonía futbolera, hay un grupo social que padece más que otros esa sensación. Son jóvenes, que con uniformes o sin ellos, aplanan las calles de cualquier ciudad. Los delata, eso si, el corte de pelo. Pero más que eso, se huele a la distancia que son conscriptos. Es que parecen llevar en sus ropas, en sus modos de caminar, en el color de la piel, en su forma de mirar la ciudad, que no son de allí. Son trasplantados que han sido reclutados para “hacer el servicio militar”.   Además son pobres. Carecen de redes sociales y de capital cultural que no les permite conseguir un certificado médico que los exima de tal obligación. Alguien lo dijo: “sólo los pobres cumplen con esa obligación”.

Y el regimiento los lanza, como perros enjaulados a la ciudad los fines de semanas. Tienen que ingeniarse el modo de sobrevivir en un medio que no conocen. Son, no en  sentido literal, huérfanos de padres y madres. Para ellos la ciudad, para seguir con el lugar común, es una selva de cemento. Su panorama es comer lo que venga y pasar la tarde en la matinée.

Joaquín Sabina, retrata esta situación mejor que nadie. En una vieja canción, resume tal vez lo que le sucedió en carne propia:

Las siete de la tarde, quisiera estar borracho,
hace ya dos semanas que Lucía no me escribe,
no para de llover, camarero otra copa
con alcohol se hace menos monótona la mili

La vida del recluta, un repertorio de tópicos de las más duras de las masculinidades: gallardía, virilidad y botas lustradas,  es una especie de retiro místico donde el nacionalismo impone sus ritos y prohibiciones, sus voces de mando y sus formas de cuadrarse ante el superior.

Las plazas se visten de verde y de uniforme que no siempre calzan con la talla del joven petizo venido del sur o del norte, da lo mismo. La entrega de los uniformes es a la medida… a la medida que van pasando.  De aburridos y tal vez para testimoniar su presente, se toman retratos con don Hipólito el fotógrafo de cajón de la vieja Plaza. Un análisis de esas fotografías comprobará lo que escribo. La languidez y la nostalgia enmarcan las fotos.

No siempre la ciudad los recibe bien. En el mall resultan extraños, desentonan con el paisaje y con la música de fondo. Las promotoras los segregan. No así en el mercado o en las ferias libres. Allí se confunden con el olor a papas o a zanahorias. El humor popular los marca bajo el rótulo de “pelaos” al que siempre se le agregan adjetivos calificativos que atentan contra su masculinidad.

Dinamizan eso si, y a su estilo, la economía de la ciudad. A contrapelo de los efectos de la piedra lumbre, la oferta y la demanda sexual, una especie de economía de subsistencia, de ambas partes, se transa en el mercado del cuerpo urgente. Putas en edad de retirarse son las accesibles. Y eso lo sabe muy bien Sabina:

Queda el pobre consuelo de andar de cuando en cuando
a aumentar la clientela de una casa de putas
y pasar media hora de amor apresurado
a esa gorda que hace rebaja a los reclutas.

De lunes a viernes parecen no existir. Por las mañanas se les oye correr por las playas. Dialogan con el suboficial mientras trotan transpirando chilenidad: “Están cansados” grita y pregunta el sargento, en masa responden mintiendo desde el fondo de su corazón: “No señor”.

Pero la ciudad estaría vacía sin ellos. Nos recuerdan que en los cines de antaños, las galerías no se podrían entender sin los conscriptos. Muchos regresan a sus ciudades. Otros se quedan y fundan familias.

Los pelaos llenan la ciudad.

Si los domingos por las tardes son, en si aburridos, a pesar del fútbol, para ellos el séptimo día es el tedio, el desierto en el centro de la ciudad. Son anónimos. Nadie los saluda.