La esquina, aquel ángulo recto o casi recto que se forma por la conjunción de dos calles constituye uno de los primeros lugares de la socialización no formal. Es decir,  es el espacio donde la infancia, la adolescencia y la juventud aprenden aquellas cosas que ni los padres y menos la escuela pueden enseñar. No porque no lo sepan, sino por un pudor malentendido. Ya lo sabemos,  tanto los profesores como nuestros padres, también soñaron y pecaron en las esquinas.

Es,  en la esquina donde se cultiva la amistad, que perdurará por casi toda la vida, aunque los amigos tomen rumbos distintos. Al cabo de los años, los que compartieron esquinas, y no el mismo futuro,  intercambiaran miradas que delatan biografías compartidas.

La esquina es, uno de los tantos  centros que posee el barrio. Allí se discute la vida, se cuentan las novedades, se lloran a los finados, se saborean los triunfos, se planifica el viaje a La Tirana y a Tarapacá, se cuentan las mil argucias para evitar el servicio militar,  y de paso se aprende el arte más complicado: poner sobrenombres. En la esquina, duerme el perro preferido y se silba o se mira a las mujeres. La esquina es la sede social de la informalidad.

La esquina es la escuela permanente del barrio. Los amigos se datean las primicias de la televisión -antes de ésta, se esperaba con ansias las películas de Glenn Ford-, se confirma la “movida”. Un avísale a modo de saludo, un silbido o un guiño son mensajes escuetos, pero llenos de información. El barrio se mueve por las esquinas. Y un barrio que se precie de tal, debe tener más de una. La ocasión aconseja en qué calles se habla de lo permitido y en otras de lo prohibido. El sueño del niño es llegar a pararse en la esquina perfumado y con el pie sobre la pared, ojalá mascando chicle, con la llave de la casa y sin horario de regreso.

La esquina es el corazón del barrio. Las colillas de cigarrillos sobre el piso, los miles de pequeñas islas que ahogan la noche son los detalles que delatan que hay vida después que cae el sol. No falta el que tararea “Que tristeza hay en ti,  no pareces igual” como profetizando que el Iquique de los 90 no tendrá nada que ver con el de los años 60. Es que Venecia era como Iquique.

Quedarán aún esquinas como las que comentamos. Quiero creer que sí.  Una mirada por el barrio así los permite entender. En el mio, en las esquina de Plaza Arica con Arturo Fernández, aún persiste la vocación por saber como están los de siempre, y acordarse de los que no están, por ejemplo de Juan Vodnizza y Oscar Ahumada. El Tony nos alegra la noche y nos recuerda, sin prepotencia, que él,  es el único que no se ha ido. !No te mueras nunca Germán del Carmen Barrio Figueroa!.