El nuevo Iquique o como desee que se le llame, tiene singularidades que llaman la atención. Una de ellas, es su fisonomía claramente divorciada del antiguo. Una nueva ciudad que recoge a los nuevos migrantes y los segrega territorialmente. Los ricos al sur, los pobres al oeste. Hay que evitar hacer el ejercicio de ver lo viejo como lo malo, y lo nuevo como lo bueno. No siempre es así.

Esta nueva ciudad que crece al ritmo de la improvisación, y cuyo emblema que la representa son las torres de departamento, se ve como progreso. Si uno revisa las fotos que la gente se toma en la ciudad, todas tienen como telón de fondo un edificio en altura.  Está arraigado en el imaginario urbano la idea de que una ciudad bella es aquella que posee edificio en altura. Miami y toda su bisutería se enclavó en forma definitiva en nuestra subjetividad.

Cuando la ciudad no crecía más allá de los límites que le imponía la altura del reloj de la Plaza Prat, o bien del cerro Esmeralda, se veía como una exquisitez que ciertos edificios, sobre todo de dos pisos, se alzaran. Algo de eso debió haber ocurrido con la población Esmeralda, luego con los colectivos Lynch y O’higgins. Y que decir del   Ticnamar, el primero en desatar la fiebre de los edificios en altura. Enumerar con sus nombre a todos estos artefactos parece imposible. El conjunto de departamentos de la Puchuldiza, fue en los 80, un símbolo del “progreso”.  Si en los años 60, la población del Magisterio y de los Ferroviarios en Playa Brava fue un adelanto, veinte años después, lo serían estos departamento en la calle 10ª Oriente con Los Molles. Sin olvidar la remodelación de El Morro, que marcó en su época una tendencia urbanística digna de mencionar.

Lo cierto que el crecimiento de la ciudad, producto de las nuevas migraciones no resiste, en cuanto a soluciones habitacionales, soslayar la construcción de las llamadas torres. Lo que  es imperdonable, por decir lo menos, es que no haya una política, un plan o como quiera que se le llame, para ordenar el territorio urbano. Lo que vemos hoy es una suerte de pastiche, una eclecticismo radical que no respeta las fronteras mínimas entre el buen y el mal gusto; entre lo tradicional y lo moderno, entre  casco antiguo y la nueva ciudad.

El sector del ex aeropuerto, representa un punto de quiebre entre lo viejo y lo nuevo. Pero, además muestra como las casas con subsidios estatales, sobre todo aquellas frente al mall, se transformaron en soluciones que nada tenía que ver con el espíritu inicial. Muchas de ellas se convirtieron en chifas, peluquerías, etc. Otros vendieron aprovechando el alto valor del suelo.

La nueva ciudad se parece más que a nada a un archipiélago, compuesto por islas llamadas condominios. Por lo mismo habría que revisar el concepto de ciudad en tanto ya no sirve para designar lo que en sus comienzos postuló. Vale decir, vida en común.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 25 de octubre de 2009