La noticia  de los 33 mineros encontrados con vida luego de una larga búsqueda, impone una readecuación de los festejos del bicentenario.  La nota escrita y luego la imagen captada del minero, son el cara y sello de una épica popular fundada en el sacrificio y en la subsistencia.  Celebrar la vida debe ser la constante de todo acto conmemorativo como el que se nos vine, sobre todo en el mes de septiembre.  Pero además exige una profunda revisión de nuestras prácticas laborales.

La realidad del mundo minero parecía haberse reducido a las confrontaciones acerca de la cantidad de los millonarios bonos y otras regalías, pero ya lo sabemos, hay otra realidad  y estos 33 hombres nos los han recordado.  La consigna de que Chile es un país minero, es una primera aportación para entender algo de nuestra compleja identidad. Las épicas de los mineros son parte constitutivas de nuestra forma de ser.  Desde fines del siglo XIX, la literatura nos viene proporcionando información sobre aquello: Baldomero Lillo por el sur,  Osvaldo López, Luis González Zenteno, Mario Bahamonde, por el gran norte.  Este último decía que: “Copiapó fue cuna de la rebeldía nortina. Rebeldía de los mineros contra la oligarquía latifundista gobernante…”. Epicas con sangre, sudor y lágrimas. La matanza en la escuela Santa María resulta ser la más conocida. 

Lo medular de los 33 mineros, es que logran en base a su duro oficio, levantar una épica no en base a la sangre (cosa tan común en nuestra nación y tan recurrente en el Bicentenario), poner sus vidas y sus duras condiciones de trabajo en la agenda de un país que aspira a ser moderno, negando buena parte de su realidad. Estos 33 hombres nos recuerdan lo mucho que nos falta para llegar a ese estatus.

Ha permitido además conocer  algo del entorno familiar de gran parte de la población. Valores como su religiosidad que da cuenta de una mentalidad que hace de su fe un instrumento para resistir. En tiempos que muchos buscan motivos para vivir, y que los libros de auto-ayuda se consumen como el pan de cada día, el ejemplo de los 33, ha de servir para sacar las lecciones que corresponden. El pasado 10 de agosto en la fiesta de San Lorenzo, un viejo amigo, Marco Ugarte, emocionando, me comentaba que no le cabía la menor duda que los mineros estaban vivos. Y agregaba que para el próximo año, los 33 deberían estar presente en la celebración.  Ya lo dice el viejo refranero “la fe es lo último que se pierde”.

Los mineros abajo y sus familiares arriban viven una experiencia de comunidad. Ambos conectadas por un mismo vaso comunicante: vencer a la muerte. Hay muchos oficios que se mueven casi con elegancia entre las fronteras de la vida y la muerte.  Estos mineros lo saben muy bien.  Sobrevivir es un aprendizaje que se trae desde niño. El rostro del minero captado por la cámara debe ser el rostro del bicentenario.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 29 de agosto de 2010. Página A-12