Ya no hay matarifes en Iquique. Sólo quedan ex-matarifes.  Aquellos que de tarde en tarde, se les nubla la razón cuando barajan las cartas de la nostalgia.  Sobre esa geografía cruzada por la melancolía el duro oficio que el Tani Loayza, el más ilustre de todos, ejerció de la mano de su padre, reconstruyen esos amaneceres en que cruzaban el barrio, con sus intrumentos en la mano, rumbo al Matadero Municipal.  Mi infancia se construyó no sólo con las tardes de cine, sino que también con las arrancadas de los toros, y el Ñato Hugo montado sobre un caballo tras ellos.
La semana pasada me invitaron a un tecito en su sede social. Allí hombres y mujeres, recibieron el cariño de sus pares, que es el cariño que la gente necesita. Las viudas del Ñato Hugo y de Mario Aranda (el caballo grande), la hermana de los Gárates y un sin fin de rostros que los años no han logrado cambiar, me devolvieron a un barrio activo, orgulloso de su oficio. Su carnaval, su bar, el Dándalo, el baile Chino y su club deportivo (de boxeo y de fútbol), estructuraron una vida social que aun se deja sentir.
Desde fines de siglo XIX hasta la década de los años 80, marcaron a la ciudad con un oficio tan viril como necesario. En esa tarde del viernes, apareció la figura de uno de los presidentes del club, un normalista que siempre sonreía. Don Pablo Santa Cruz, el único que tenía teléfono en el barrio. Bajo su presidencia se construye su sede social. Una vieja foto  testimonia ese momento histórico. Estaban Pastenic, Guerrero, el «Mito» Rivera, y otros más cerrando filas en torno a su otra casa. Llegaron ese viernes impecables, pero en el fondo de sus trajes, el color rojo, del club y de la sangre de los toros, se deja ver, con orgullo y emoción.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 2 de junio de 2013, página 22.