Debe ser el personaje más emblemático y querido de Iquique. Supera en simpatía a los candidatos de ayer, hoy y siempre. Su voto debe ser el más nulo de todos. Es comprensible. Su reino no es el de aquí. Sin embargo, la humildad lo acompaña como perro fiel. Parece no darse cuenta de este mundo que gira sobre sus pies. Manolito, antes del accidente que tiene conmovido a los iquiqueños que lo conocen, grabó su nombre en una shopería de la calle Juan Martínez, paseó su figura por el Chumbeque Tomo III; y, como si fuera poco, el poeta Pedro Marambio construyó su retrato-hablado.

Tiene la mirada perdida en no sé qué mundo. Se viste -a pesar de sus años- como colegial de enseñanza media y transita por las calles de Iquique— como perro vagabundo, o sea sin destino cierto.

Lo he visto como peregrino en la Plaza Arica en La Tirana Chica. Agita la lanza invisible que lo transforma en Piel Roja de la Virgen del Carmen. El sonido del bombo erotiza su cuerpo vestido de liceano. Sus pasos cortos parecen llamar a los dioses de la lluvia, o a la Pachamama o de la lucidez que es lo mismo.

Se instala al lado de la casa Bata. Sobre sus pies pone una vieja caja de zapatos. Enciende el personal stereo y baila solo. Sus ojos giran ocultos en gruesos vidrios con marcos antiguos que los rotarios o los leones le habrán obsequiado.

El hombre-niño-manolito nos conecta con esa tradición tan nuestra, tan iquiqueña de aceptar al otro con todas sus demencias. Manolito recorrió las calles del puerto en el 1900 rumbo al muelle de pasajero, por si en un clipper de bandera inglesa algún marino le regalaba un souvenir. Recorrió la sala de espera del viejo aeropuerto de Cavancha, por si de las escalinatas, una muchacha de esa que llaman azafata, le regalaba una sonrisa. O bien la de aquella vez en que se levantó de la grada junto a los cuatro mil iquiqueños que celebraron el gol de Rubén Ahumada en el viejo estadio.

Ese niño antiguo nos refriega el corazón con su locura; nos altera la maldita cordura. Es nuestro alter. El baila solo. Nadie sabe que baila, pero su cuerpo delata la sinfonía de la demencia. Se llama Manuel Murquio.