De las tantas cosas buenas y malas, que le sorprenden a quienes nos visitan, sobresale nuestro espíritu festivo. En Iquique todo sucede en la  calle y con gran algarabía. Es como si la risa, el baile, el canto,  no bastara que se quede en casa. Hay que arrojarla más allá de ese impreciso límite que separa lo público y lo privado. Esa parece ser una de las tantas marcas de nuestra identidad.

La calle es para los iquiqueños, el lugar donde la sociabilidad mejor se expresa y representa. Allí, se cruzan y entrecruzan las dimensiones de nuestro carácter colectivo. Vivir en el living no nos basta. Encerrarnos bajo las cuatro paredes es algo que no concebimos. De allí que desde chico, nos lanzan a la calle. A patiperrear. A enarbolar las banderas de la independencia. Quedarse en casa, detrás de esas rejas fabricadas con maderas de cajón de manzana, es para los poco aptos. Pareciera que el acta bautismal de la iquiqueñez se adquiere, no en el Registro Civil, ni en la pila bautismal, se obtiene donde las veredas de maderas civilizaron la calle, allí donde ante botábamos la basura, en Punta Negra, en el Colorado o en Bellavista, esos balnearios urbanos.

De alí el Carnaval, los entierros, las procesiones, los desfiles, en los sesenta las marchas políticas, las caravanas ahora agitando el nombre del candidato, ayer las mismas caravanas, con la misma gente, orgullosos de Deportes Iquique (¡que grande éramos!). La Navidad con su sentido, tan del otro lado del mar, no nos calzaba con esta forma de ser tan bullanguera, tan hacia la calle. Lo anterior para comentar el documental sobre la Navidad estrenado este mes en el teatro Municipal.

La gracia del documental “Navidad a la iquiqueña”, es que recupera y da con las claves fundacionales de esta tan iquiqueña manera de esperar al viejo pascuero. Un registro que da cuenta de como el gesto organizativo de los funcionarios de Correos, deriva en una actividad cultural casi patrimonial de esta ciudad tan identitaria. Están allí los funcionarios de correos que cuentan como, en sus horas libres, se juntaban en el bar “El Democrático” para enhebrar esos sueños que en cada Navidad recorría, en forma de camión, las casas de sus funcionarios.

Es, además, una especie de historia de Iquique de estos últimos años, contada desde el ánimo de la festividad, del bullicioso baile, de los niños demandado por pastillas, de los hombres disfrazados que reviven la práctica del carnaval ya casi perdido. Viendo esas escenas uno entiende el por qué en esta ciudad la música no se puede escuchar a bajo volumen. Le debemos a este joven documentalista, Cristian Sanhueza, “primo” de la Tita Zaninovic, el habernos regalado, rescatado y revalorizado parte de nuestra memoria.