La tradición en su manual no escrito decía que el día 8 de diciembre se armaba el árbol de Pascua y el pesebre. Día feriado que permitía sacar cajas guardadas en un altillo, de donde salían juguetes, adornos y todo aquello que la infancia miraba sorprendida. Mi padre era el encargado de tan importante labor. Sobre la mesa se distribuían aquellos juguetes que tenían el privilegio de mecerse con la suave brisa de esos tiempos en que la primavera era la primavera. El trapo de sacudir cumplía su función. Paso a paso, el árbol se levantaba y mi padre, cual campesino, hacía florecer esas hojas verdes de fantasía. Ahí aprendí a pronunciar la palabra filástica y anilina. Con la Zofri, todo cambió.

El pesebre reproducía el nacimiento de Jesús. Se distribuían hombres, mujeres y animales en un orden que permanecía inalterado. El niño Jesús, se instalaba el 24 por la noche. No era raro que por las noches el gato de la casa, ocupara su lugar. Al caer la tarde se encendían las luces y el hogar adquiría un aspecto especial. El puerto libre de Arica nos abastecía. Sobre el árbol una cruz. Y no crean que me he olvidado de la corona que puesta en la ventana dialogaba con otras del barrio. Hubo pesebres que ocupaban una pieza entera. Por la ventana mirábamos como pasaba un tren por los cerros y estos, de cartón piedra, le daban aire de nortinidad a esta tradición. Pesebres como el de la familia Aránguiz en Pueblo Nuevo, de Mario Fuenzalida, en la plaza Arica, se imponían. Y así tanto otros, desplegados por barrios y tiendas comerciales.La navidad de 1907 debe haber sido una de las más tristes. Cuesta imaginar tanto dolor.Para pascua de Negros, árbol y pesebre, volvían a esas cajas en espera del año venidero. Regresaban al altillo juguetes y juegos de luces, y a esperar el año siguiente. Esta Navidad será distinta, nuestros hogares serán pesebres.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 20 de diciembre de 2020, página 11.