El mundo ya no es el mismo. La famosa aldea global de la cual mucho se habla sin saber muy bien qué es, nos ha permitido conocer fenómenos que antes ni siquiera imaginábamos. La noche de brujas, parece apoderarse de nuestras calles y de nuestros jóvenes. Estos, los adolescentes y los pre-adolescentes parecen ser el destinatario común de este tipo de manifestaciones.  El rock de los años 50,   la música disco y el twist, las películas de cowboy (Grace Kelly incluida), la saga de películas como  Martes 13 y otros bodrios más,  hablan de la fragilidad de nuestras fronteras. Y es que resulta imposible, cerrar las puertas y ventanas del país, para evitar que la noche de brujas, entre otros, se nos cuele por las rendijas de esta nación azotada, en estas semanas, por la pedofilia y la honra de ciertos honorables.

En el 1900 hubo una fiesta en Iquique que se llamó de los Caribes y que la describe  muy bien Francisco Javier Ovalle en su libro Iquique, el año 1908. Esta, desapareció, y creemos que no existe por el escaso arraigo que tuvo en nuestra ciudad. La cosa es muy simple. Hay fiestas que logran arraigarse y otras no. Esperemos que la famosa Noche de Bruja” tenga el mismo destino que tuvo la de los Caribes.

Llama la atención de esta festividad, es que obedece, a un intento de cierta juventud, clase media-alta y alta, de ciertos colegios que antes eran particulares, ubicados en el sector sur, que la importaron más bien por  un sentido de copiar el estilo de vida americano. Me explico. Al querer homologarse con lo que ellos, consideran un buen estilo de vida (hablar inglés, comer hamburguesas, mascar chicles, beber bebidas colas),  no encuentran nada mejor que disfrazarse de brujos y brujas.  En eso de imitar podrían escribir como Carven o Ford, dos buenos escritores yanquis. Digo yo.

El Hallowen iquiqueño, es más bien un pretexto por copiar un estilo de vida. No  pretende “ofender” ciertas costumbres o hábitos religiosos institucionalizados. Lo que uno debiera esperar, es que esta actividad termine iquiqueñizandose. Es decir, transformandose en un festividad que tenga olor y sabor local; que se confunda con el olor del buque manicero que tiene su estación en Vivar con Latorre,  con el turronero (lucumies y cocos) de la calle Vivar,  con los churros de la calle Tarapacá, y por cierto con los chumbeques. 

La globalización y sus señuelos nos pone en una inquietante situación. Y para ello la estrategia de la avestruz no sirve. Habrá que hacerse la idea de que  esta noche de brujas pasará a integrar nuestro folklore. Pero como la cultura no se deja atrapar por decretos ni leyes, pero si por la vida;  habrá que esperar como esta fiesta adquiere el aire, el estilo y el olor de este puerto que siempre fue cosmopolita.

 

Publicado en La Estrella de Iquique, el 2 de noviembre  de 2003