Eran otros los carnavales y otros los tiempos, y sobre todo otros los relatos que movían a la gente a apropiarse del espacio público y subvertir, al menos, por un par de días, el orden de las cosas.
Entonces los barrios populares vigorosos como el tamarugo, al margen de la oficialidad vigente se organizaban para poner el mundo al revés. Morrinos y matarifes, los más emblemáticos, resumían buena parte de este espíritu que se daba mañas para reírse de las verdades oficiales (Catrutro disfrazado de cura).  Bellavista o el Buque Varado, era el destino del rey Momo que cada año simbolizaba ardiendo, a la sociedad. Las tranquilas aguas de las costas iquiqueñas hacían el resto: recibir para siempre lo que la gente desechaba. Y con ello se volvía a la vida cotidiana.

Desde hace una década, este carnaval parece irse en retirada. Se le reemplaza por el oficial, organizado y administrado por el poder de turno. Se le libera de su espíritu crítico, y es sólo danza bajo los cauces de la moda o de la sonora de interpreta cumbia universitaria. Los excesos son controlados por el orden y por las mallas que separan al público de la calle. Los morrinos y matarifes se apoderaban de la calle. La pedagogía de la infancia les había enseñado que esta es libre. Y el gesto de lanzar agua, harina, restos de pescados o lo que fueran, era la expresión de una sociedad que se igualaba, al menos, en un par de días. Una especie de lucha de clases.

La sociedad de consumo, el objeto preciado de la crítica de los carnavales de antaño, ha triunfado. Una pérdida más para el gran libro de las ausencias de una ciudad que era popular por excelencia, y que ahora ha trocado en una sociedad de consumidores acríticos. La carne del carnaval de los tiempos de la ciudad pública, parece descomponerse.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 10 de marzo de 2003, página 16.